Resumen
El presente artículo propone una lectura crítica de la democracia colombiana desde una perspectiva dialéctica, reconociendo la tensión constante entre el proyecto de las élites neoliberales y las aspiraciones históricas del campo popular. A partir de aportes de Ellen Meiksins Wood, Antonio García Nossa, Álvaro García Linera y Silvia Federici, se analiza la evolución de la democracia colombiana, sus límites estructurales y la necesidad de reconstruir un nuevo sentido común desde abajo.
Democracia y capitalismo: una falsa equivalencia
Para Antony Mello espiritualidad es despertar y nada más
Para la teoría critica democracia es reconocer y redistribuir
La filósofa marxista Ellen Meiksins Wood (1995), en su obra Democracy Against Capitalism, sostiene que la democracia moderna ha sido vaciada de su contenido material y reducida a una forma política funcional al capital. Para Wood, el capitalismo no sólo no necesita la democracia, sino que tiende a restringirla cuando amenaza sus intereses estructurales. En sus palabras, “donde el capitalismo triunfa, la democracia retrocede, porque el mercado sustituye la deliberación política por la coerción económica” (Wood, 1995, p. 20).
De esta manera, la autora afirma que la posmodernidad no representa una superación del capitalismo, sino “una reacción ideológica de la izquierda ante su propia derrota”, un refugio psicológico frente a la madurez del sistema. Así, la democracia nunca ha sido sinónimo de capitalismo. Cuando los derechos humanos se consolidan históricamente, el capital tiende a desescalar la participación popular y a vaciar la política de su dimensión transformadora.
En contraposición, la lucha histórica por la democracia desde el campo popular ha buscado reconocer y redistribuir: reconocer otras identidades y modos de producir la vida no anclados a la lógica del capital, y redistribuir la riqueza socialmente generada. Como afirma Silvia Federici (2004), “las brujas fueron las primeras en pagar el precio del nuevo orden capitalista”, pues representaban formas de existencia comunitarias y solidarias opuestas a la racionalidad mercantil.
Representación restringida y democracia condicionada
Siguiendo la caracterización de Antonio García Nossa sobre la “dialéctica de la democracia” (1962), Colombia ha experimentado una representación restringida, en la que las mayorías sociales delegan sus demandas en representantes que, una vez elegidos, se desvinculan por completo del pueblo. El resultado ha sido una democracia formal, condicionada por intereses económicos y clientelares.
Durante más de un siglo, el país fue gobernado por las élites liberales y conservadoras —dos partidos que, en palabras de García, “han hecho del Estado su hacienda y del pueblo su inquilino político”—. Incluso tras la Constitución de 1991, los nuevos partidos fueron franquicias del bipartidismo histórico: el uribismo como derivado conservador y el santismo como heredero liberal.
La simulación democrática y los acuerdos de paz
A lo largo del siglo XX, Colombia vivió una simulación de la democracia, sostenida por la exclusión y la violencia. Paradójicamente, los avances más significativos surgieron de los acuerdos de paz con las insurgencias. La Constitución de 1991 fue fruto de los diálogos con el M-19, el EPL y el movimiento indígena del Quintín Lame; mientras que el Acuerdo de La Habana (2016) abrió por primera vez la posibilidad real de un gobierno progresista.
No obstante, el neoliberalismo se consolidó como modelo económico, profundizando la desigualdad, mientras las izquierdas obtenían victorias parciales en el campo cultural y simbólico. Este doble movimiento expresa, precisamente, la dialéctica de la democracia colombiana: un sistema político con discurso progresista, pero con estructura económica regresiva.
La dialéctica entre élites y comunes
La democracia colombiana se encuentra atravesada por una tensión estructural entre dos campos:
- El de las élites, que han sostenido el modelo neoliberal durante casi tres décadas, y
- El de las mayorías sociales, que buscan reconocimiento y redistribución.
Esta contradicción constituye el núcleo de la dialéctica democrática: un marco normativo que proclama derechos y participación, mientras las reformas económicas, tributarias y legislativas consolidan el poder del capital. La distancia entre la norma y la realidad, entre el discurso y la práctica, es el signo de una democracia fracturada.
La cadena de consecuencias: cultura política y clientelismo
Desde la época colonial se ha instalado una cultura política de la cadena de consecuencias, según la cual la participación depende del poder de negociación. En términos weberianos, la política se ha reducido a una lucha por el control de los campos de fuerza. Sin embargo, en Colombia este “campo de fuerza” se traduce en capital electoral, que se negocia por puestos burocráticos; estos puestos generan nuevos votos, y los votos, a su vez, se canjean por más burocracia.
Esta lógica, profundamente clientelista, ha contaminado incluso a sectores de izquierda, que reproducen el mismo patrón, aunque en escalas menores. La diferencia es que, para las élites, la cadena de consecuencias se mide en megaproyectos e infraestructura; para la izquierda, en cuotas mínimas de poder y supervivencia institucional.
El gobierno de Gustavo Petro: democracia condicionada y oportunidad histórica
El gobierno de Gustavo Petro (2022–) nació condicionado por la cadena de consecuencias, sin un partido alternativo consolidado ni una mayoría parlamentaria estable. Aun así, representó la primera ruptura real del dominio oligárquico. Su desafío fue transformar una democracia condicionada en una democracia efectiva, capaz de redistribuir la riqueza y proteger la vida.
No obstante, la falta de un proyecto político de largo aliento y la fragmentación interna de las izquierdas han limitado ese horizonte. Petro ha insistido en el propósito de hacer de Colombia una “potencia mundial de la vida”, pero la resistencia de las élites, la debilidad institucional y la cultura política heredada han frenado la transformación.
El péndulo político y la necesidad de proyecto
Álvaro García Linera propone la metáfora del “péndulo” latinoamericano, que oscila entre gobiernos de izquierda y de derecha según los ciclos de hegemonía. En el caso colombiano, el péndulo ha permanecido históricamente inclinado hacia la derecha, y solo por condiciones excepcionales —crisis social y acuerdo de paz— se movió hacia la izquierda durante cuatro años.
Para evitar el retorno del péndulo conservador, la izquierda debe construir un proyecto político de nación, más allá de las enunciaciones discursivas. No basta con enunciar la justicia social: se requiere reorganizar el Estado, democratizar la economía y forjar una nueva hegemonía cultural.
Internacionalismo y horizonte ético
La postura del gobierno colombiano frente a Palestina constituye un acto de dignidad internacional y una ruptura simbólica con la diplomacia subordinada. Como ha señalado Petro, “la lucha de Palestina es una lucha por la humanidad”. Este gesto ha situado a Colombia del lado de los pueblos que resisten el colonialismo y el exterminio. En ese sentido, la democracia colombiana encuentra un espejo moral en las luchas del Sur global.
El reto de la izquierda: reconstruir el sentido común
La izquierda colombiana debe superar la cadena de consecuencias y comprender que la transformación no depende solo del Estado, sino de la organización social desde abajo. Es necesario construir, junto a la mayoría social, un nuevo sentido común, en el sentido gramsciano: articular las formas de vida de los comunes, de los movimientos sociales, de las resistencias territoriales, en un horizonte político emancipador.
Solo así la democracia podrá dejar de ser una promesa formal y convertirse en una práctica viva de reconocimiento, redistribución y emancipación colectiva.
Conclusión: la dialéctica de la democracia
La democracia en Colombia es, en última instancia, una dialéctica no resuelta entre el capital y la vida, entre la representación formal y la participación real, entre las élites que gobiernan y los comunes que resisten. Como advirtió Antonio García, “mientras el pueblo no gobierne, la democracia será un simulacro”.
El desafío histórico consiste en convertir ese simulacro en potencia, en transformar la democracia restringida en democracia sustantiva. Ello exige una izquierda que supere el pragmatismo electoral y el clientelismo, que piense más allá de la administración del Estado y asuma la reconstrucción de un nuevo sentido común.
Solo entonces, Colombia podrá hacer efectiva la promesa de ser una potencia mundial de la vida, no como consigna, sino como realidad histórica.
Referencias bibliográficas (formato APA, 7.ª edición)
Federici, S. (2004). Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de Sueños.
García Linera, Á. (2015). El Estado en transición: Bloque de poder y punto de bifurcación. Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia.
García Nossa, A. (1962). La dialéctica de la democracia en Colombia. Ediciones Suramérica.
Petro, G. (2023). Discursos para la vida. Presidencia de la República.
Wood, E. M. (1995). Democracy against capitalism: Renewing historical materialism



Excelente artículo compañero y amigo, por eso la importancia de las bases sociales como base de la democracia.