Introducción:
En estos momentos, la moda en los colegios es la entrega de bandera, un acto simbólico que celebra el cierre de un ciclo. Desde otra postura, me cuestiono: ¿qué significa realmente para los jóvenes enfrentar el mundo después de grado once? ¿Estamos preparándolos para la vida, o solo para cumplir con rituales y estándares que poco reflejan su realidad?
Conozco las brechas sociales
Llevo años enseñando. He visto pasar generaciones completas intentando abrirse paso en un sistema que habla de equidad, pero que rara vez la garantiza. Conozco de memoria la distancia entre el discurso pedagógico y la realidad que vive cada joven cuando atraviesa la puerta del colegio hacia un mundo que no siempre los espera con empatía ni con oportunidades.
Por eso mis preguntas no son simples inquietudes.
Son heridas abiertas que el sistema educativo ha preferido ignorar, pero que quienes enseñamos vemos todos los días.
¿Cómo decirles a los jóvenes que terminan grado once que la sociedad los recibe con los brazos abiertos, cuando sabemos que la sociedad no es empática, ni justa, ni igualitaria?
¿Cómo afirmar que “todo está dispuesto para que mejoren su calidad de vida” cuando afuera hay cupos insuficientes, carreras cerradas, horarios incompatibles con el trabajo y sistemas de financiación que los endeudan antes de empezar?
¿Cómo hablar de estándares cuando las condiciones nunca han sido estandarizadas?
¿Cómo pedir los mismos resultados a quienes jamás tuvieron los mismos recursos?
¿Cómo celebrar indicadores cuando detrás de cada cifra hay jóvenes que estudian sin acompañamiento en casa, sin acceso a tecnología, sin estabilidad emocional, sin garantías mínimas?
Y, aun así, el sistema insiste en comparar, medir, clasificar, poner en tablas lo que debería entenderse en contextos.
Importamos modelos extranjeros como si nuestra realidad fuera intercambiable.
Aplicamos pedagogías de países que no conocen nuestras violencias, nuestras desigualdades, nuestras necesidades urgentes. Mientras tanto, en cada aula, en cada barrio, en cada localidad, la verdad es evidente:
no se puede hablar de igualdad sin condiciones reales de igualdad.
Estas preguntas —estas incomodidades— las he llevado conmigo durante años como docente. Las he sentido en cada ceremonia, en cada entrega de boletines, en cada conversación con un estudiante que quiere seguir estudiando, pero no sabe cómo hacerlo posible.
Pero este año, algo fue distinto
Por primera vez, el joven que caminó hacia mí no era solo un estudiante. Era mi hijo.
Esta vez, era mi hijo quien estaba en la fila. Y mis preguntas dejaron de ser profesionales para convertirse en personales. Dejé de ser únicamente maestra. Ese día, también fui madre.
Lo vi recibir la bandera, avanzar con la misma esperanza y la misma incertidumbre que tantas veces había observado en otros. Pero esta vez, la incertidumbre llevaba mi apellido. Esta vez, el dolor y el orgullo también eran míos.

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Y mientras lo veía caminar, sentí una verdad que nunca me había atrevido a decir en voz alta:
“Bienvenido, hijo, a los juegos del hambre.
Aquí sobrevivirás con todo lo que la escuela pudo ofrecerte,
y con la suerte y las oportunidades que la vida te permita encontrar.”
Por primera vez entendí que mi dilema no era solo ético, ni pedagógico: era visceral.
Porque ¿cómo decirle al sistema que sus estándares no son suficientes, cuando ahora es mi propio hijo quien debe enfrentarlos?
¿Cómo no cuestionar los modelos, las políticas, las comparaciones, cuando quien va a ser evaluado por ellos es alguien a quien amo?
¿Cómo no alzar la voz cuando ya no hablo por mis estudiantes, sino por mi familia, por mi sangre, por mi historia?
Y, sin embargo, algo más profundo apareció entre mis dudas: una fuerza que no es ilusión vacía, sino esperanza honesta.
Por eso hoy, desde este doble lugar —docente y madre— puedo decirle:
Hijo, el mundo no será fácil, no será justo, no será siempre amable.
Pero tú no sales al vacío.
Sales con tus valores, con tu criterio, con la sensibilidad que has construido,
con las herramientas que te dimos y, sobre todo, con la fortaleza que nace de tu propio camino.
No puedo prometerte que la sociedad esté lista para ti.
Lo que sí puedo asegurarte es que tú estás listo para transformarla.
Ese es mi cierre y a la vez mi comienzo.
Mi compromiso como maestra se renueva en mi compromiso como madre.
Y mientras lo entrego a una sociedad desigual, también entrego mi voz para seguir exigiendo un sistema que no maquille realidades, que no esconda brechas, que no normalice injusticias.

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Porque cada joven que sale del colegio —incluido el mío— merece un país que esté a su altura. Y mientras ese país no exista, mi tarea seguirá siendo la misma:
preguntar lo que incomoda, denunciar lo que duele,
y apostar por lo que todavía puede cambiar.
Dedicatoria:
Dedicado a los maestros que son padres y que han tenido que entregar a sus hijos a una sociedad incierta.
Dedicado a los maestros que son tíos y que educaron a sus sobrinos con amor y paciencia.
Dedicado a los maestros que son hermanos y que ven a su par caminar en esa misma fila de esperanza y desafíos.
Dedicado a mi hijo, quien refleja en su camino diario mi hacer, mis enseñanzas y mis aprendizajes, recordándome cada día por qué enseño, por quién enseño y para quién trabajo


