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viernes, marzo 6, 2026
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¿Por quién doblan las campanas?

En el 2026 comenzamos con la invasión de Trump a Venezuela y la amenaza de la misma invasión a Colombia, por eso la pertinencia del título de este escrito; pues, la lectora o el lector del texto recordará la novela del Nobel de literatura Ernest Hemingway: ¿Por quién doblan las campanas?

Una reflexión que nos sitúa en la certeza de que la muerte de cualquier ser humano nos afecta a todos, “nadie es una isla” y cualquier vida perdida es una parte del tejido de la humanidad que deja su roto sin que haya aguja o hilo que lo zurza.

De ahí que la respuesta es: las campanas doblan por mí, doblan por cada una y de cada uno de nosotras y nosotros, por eso la elaboración de la carta para romper la indiferencia de que muere un docente o un estudiante y “acá nada pasa”, todo quiere seguir vedando la deferencia.

La otra pertinencia del título está relacionada con Trump, porque evoca la Guerra Civil Española en la que un soldado norteamericano, del ejército republicano, experto en antiexplosivos: Robert Jordán, instituye una historia de amor con María, otra peleadora y muere luchando por una causa que no es la suya, dejando en su paso una estela de dolor en las familias y en la humanidad. La carta es una convocatoria a docentes y directivos docentes a que no perdamos la sensibilidad ante la muerte de colegas y estudiantes.

Carta al Maestro que murió

Egregio profesor:

Estamos reunidos, hoy 13 de enero del 2026, en la jornada en la que tú siempre llegaste a tiempo, pero tu ausencia nos pone de cara ante tu presencia. Muchos de los compañeros que, de una u otra manera, interactuamos contigo; otros, que por motivos diversos no tuvieron la dicha de conocerte y algunos que la tuvieron, pero ya no hacen parte de esta constelación, nos aprestamos a recibir los destellos de una estrella que murió, como los millones de estrellas que vemos en el firmamento.

Es una estrella que, con sus lecciones y su ejemplo, seguirá iluminando, en el día y en la obscura noche, el viaje que sabemos cuándo y dónde se originó, pero no cuándo, ni dónde ni cómo finiquitará; pero creyéndole al Eclesiastés la incertidumbre del no saber cuándo ni dónde terminará es mejor que lo conocido sobre el cuándo, cómo y dónde empezó comenzamos, pues “el día de la muerte es mejor que el día del nacimiento”.

En todo caso, algo que es innegable es que nuestra vida empieza a morir desde el primer aliento, que la especie humana, como apunta Ciorán, el pesimista seductor, “empieza y acaba en cada uno de nosotros”.

Por acá, al frente, veo a los colegas que te dieron la bienvenida en el año 2006 y, quienes, 20 años después en compañía de amigos, docentes y estudiantes, acompañaron tus despojos mortales hasta el camposanto, donde reposarán por siempre, porque en este viaje “de ida”, como lo afirma Sartre, la vida no tiene tiquete de retorno.

Parece un sueño como el que poseyó Gabriel García Márquez, en Barcelona, asistiendo a su propio entierro, caminando con un grupo de amigos vestidos de luto solemne, con ánimo de fiesta. El hijo de doña Luisa Santiaga Márquez Iguarán, en un santiamén en el que los amigos comenzaron el repliegue, pretendió acompañarlos; empero, uno de ellos le hizo ver, con una severidad terminante, que se había acabado la fiesta.

“Eres el único que no puede irse”, como sin titubeos sucedió en tus exequias, y en las de quienes han muerto y en las de quienes, por avanzar en la edad para alcanzar a la juventud, tenemos la muerte en perspectiva, pues ya hemos tenido la vida detrás, aunque los humanos no estamos hechos y hechas para morir sino para nacer como lo recalcaba Hannah Arendt.

Relatividad. M. C. Escher (1953)

También están: tú última rectora, el coordinador quien ya no pondrá más tú nombre en la lista para firmar asistencia de llegada; tus colegas del área, los docentes y directivos de las sedes A, B, C, D y E, el personal administrativo, las personas de servicios generales, la vigilancia, los tesoneros palomos que ondean los cielos rasos de las aulas, que si les entendiéramos sus sonidos guturales comprenderíamos el diario ir y venir de tus clases profe, en el aula más grande del colegio que es el pario de recreo.

No sabremos cuánta falta les harás a esos bípedos, pero nosotras y nosotros no podemos suplir tu ausencia, porque, y cito a Alberto Cortés, “cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. El equipo de Orientación Escolar, responsable de esta actividad también dice presente, presente profe.

Nos faltan los estudiantes, para que nos ayuden a llenar los agujeros que ha cavado el cese de tu existencia, uno en nosotras y nosotros, otro en la institución y en el magisterio y otro en la familia. “Cuando se pierde el objeto amado, no solo se nos arrebata el objeto perdido, sino también una parte esencial de la vida del sujeto, pues cuando amamos vertemos sobre el ser amado nuestra libido: energía, deseos y expectativas incluso con el riesgo de empobrecernos” se arguye desde el psicoanálisis.

Luego de sentirme como un marino sin la barca y sin la mar ante el cese temprano de tú existencia, con la certeza de la ausencia de tú cuerpo, “esa hoja de vidrio limpio por la que el alma mira” como lo concibe Virginia Woolf en La enfermedad como experiencia, en esta primera reunión del año, he querido acudir a la forma artesanal de la comunicación para escribirte una carta con el convencimiento pleno de que jamás recibiré respuesta alguna, como no la tuvo aquel acreditado coronel, veterano y sobreviviente de la guerra de Los Mil días, que le prohibía a los niños mirar el gallo de Agustín, porque “los gallos se gastan de tanto mirarlos”, y quien esperando la respuesta sobre el estipendio de su jubilación, acude cada viernes a la oficina de correos de ese pequeño pueblo costero colombiano, a ver si el saco de la correspondencia, que una lancha entrega en su paso semanal, contiene la carta, la suya, la que le adeudan, la que no llega nunca. De ahí la afirmación: El coronel no tiene quien le escriba, pero espera que le escriban.

Mas ilusión tuvo Angela Vicario al escribirle cerca de dos mil cartas de amor a Bayardo San Román, porque transcurridos 17 años el destinatario apareció y le devolvió las cartas sin abrir que conservaba en una maleta. Si estuvieses en este salón, inolvidable compañero, por donde tantas veces danzaste, porque eras un gran bailarín con tú cuerpo y con tú pensamiento, en voz baja, casi en silencio, como solías hacerlo, me dirías: ¡no seas pesimista Isra! Mi respuesta, volviendo a Ciorán, sería: “el pesimista siempre tiene éxito, porque nadie le hace caso y por tanto puede seguir diciendo las cosas más disparatadas. Los optimistas tienen que transformar, proponer”.

Pero es un mensaje, colegas, que he debido escribírselo en vida y no ahora, porque ya no tengo de cerca a ese Momo, evocando la novela de Michael Ende, para que me escuche. Y creo profe que, si estuvieses acá, como el año pasado lo estabas, no dudarías en aceptar, que esta es una lección que debemos aprender docentes y directivos docentes, y es un desacierto que no se debe repetir si queremos homenajear la vida y tu paso por el colegio, lo mismo que la de cualquiera de nosotras y nosotros, antes de que la muerte nos abrace y nos apapuche en su regazo, obligándonos a volver al polvo del que provenimos, tal como nos lo anunciaban los presbíteros en pila bautismal, ungiéndonos con el óleo y agua bendita, para que Satanás no nos arrebatara el alma como al pobre Fausto en la disputa de Dios y el demonio.

 

El grito. Edvard Munch (1893)

Ahora bien, para que este pesimismo seductor no cunda entre los asistentes, déjame decirte que acudo a la narrativa epistolar, porque la narración es una manera de erosionar las emociones y el pensamiento. Escribir, apunta Isabel Allende en El oficio de contar, “ha sido mi salvación en las épocas trágicas de mi vida y mi manera de celebrar en las épocas alegres.”

No dudo que en las justas atléticas que ganaste y que -como siempre decía Sherezade al comenzar sus relatos- “solo Dios sabe” si fueron el detonante para estudiar la licenciatura en la UPN, la alegría fue una gran aliada en la celebración. La literatura, prosigue la autora de Paula, esa conmovedora novela en la que la escritora chilena registra, a través de cartas, la vida de su hija y su experiencia como madre ante la enfermedad y la muerte de la joven Paula Frías Allende de una enfermedad genética llamada porfiria. “La literatura me ha permitido exorcizar algunos de mis demonios y transformar mis derrotas, dolores, y perdidas en fuerza”.

Narrar cura, porque relaja y crea profundamente un clima de confianza primordial. No en vano he referido a Momo, esa niña cuya riqueza era el tiempo, eso que hoy nos empobrece tanto por su inadecuado uso, más no porque no lo haya. Momo, como todos ustedes lo deben saber, solo con escuchar a las personas es capaz de curarlas, mientras que Schehrazada, la ingeniosa narradora de Las mil y una noches, es capaz de detener la violencia y la muerte de la humanidad enfrentándose al rey Shariyar con la palabra.

Quienes hemos ejercido la maternidad y la paternidad, humanamente, hemos armonizado las relaciones de poder, comunicación y saber con nuestros primogénitos, a través de las caricias con la palabra y con las manos. El torrente de tradición oral de nuestras madres y de las madres de nuestros hijos hacen parte de la primera experiencia poética, en la que se leyeron muchos libros sin páginas.

Las nanas, los arrullos, los juegos de balanceo, los cuentos corporales, verbi gracia: sana que sana, arrurú mi niña, Aserrín aserrán, tope, tope tun y los juegos comunes hacen parte de didácticas usadas por la madre y por algunas docentes de preescolar y primaria, para curar los dolores y detener la propagación de los cristales salados, que como aguacero corren por las majillas de los humanos, bien sean niñas, niños, jóvenes o adultos hasta tropezar con un pañuelo, con los labios absorbentes o con alguna prenda de atavío. No está mal permitirnos llorar, en la Iliada y en la Odisea los héroes lloran abundantemente como plañideras, no se le somete al martirio de los ojos secos.

Amigo, no fueron muchas las oportunidades en las que interactuamos, pero las pocas que lo hicimos estuvieron coloridas por el verde de tus ojos, por la sonrisa incontenible que, a veces, acompañaba tus comentarios, por el respeto que siempre inspiraste y por la finitud del tiempo que dedicabas a tus alumnos.

En la exposición, realizada precisamente por los estudiantes y los docentes de humanidades, hablamos de Arturo Cova, de sus aventuras por las pampas de la Amazonia y la Orinoquia tras las huellas de Alicia, y de la relación de esos episodios con el diario vivir de muchos estudiantes del colegio.

Mantengo en mi memoria, el momento en el que del estante cogiste un texto y me indicaste, con el índice derecho, la primera frase con la que José Eustasio Rivera funda el libro, en la primera parte del mismo: “Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la violencia”. ¡Dígame si me equivoco, viejo Irra!, enfatizó con la pasión que lo caracterizaba.

Confieso ante este auditorio que no conozco a tu familia, ante lo cual me disculpo, porque no nos dimos ese espacio ni el tiempo para hablar de lo nuestro, para mirarnos hacia dentro, para admirarlo por ser un gran nadador, futbolista, beisbolista, técnico y entrenador de futbolistas; para felicitarte por los campeonatos ganados con La equidad de seguros dentro y fuera del país.

Fuiste sembrador de vientos y recogedor de tempestades o si me permites, recordando a El juego de los abalorios de Hermann Hesse, “un hacedor de lluvias”. Ese Fue el Maestro de Educación Física que ayudó a forjar 19 promociones de estudiantes en el colegio que hoy queda en orfandad, con los rituales que siempre exhibiste en el patio. Ese fue el gran compañero a quien hoy le hacemos este sentido homenaje.

Se ratifica una vez más queridos oyentes, -como le decía Foucault a su auditorio-, que “la vida es algo que pasa mientras uno está ocupado haciendo otras cosas”. Eso no debe seguir pasando, la muerte del compañero nos convoca a tener más vínculos entre nosotros circunscribiendo, en este nosotros a los educandos y a sus familias.

No obstante, el destinatario de esta misiva si estuvo muy cerca de la mía presenciando mi dolor, por la muerte de uno de mis hijos. En su retentiva se llevó guardada la imagen de las lágrimas incontenibles que recorrían mis pómulos, en la capilla de la Universidad Nacional de Colombia, cumpliendo Él la misión de acompañar a un representativo grupo de estudiantes que, pese a que el hijo de quien emite este mensaje no era estudiante del colegio, las directivas del mismo, los profesores y algunas madres de familia, no desaprovecharon la ocasión para demostrar su sentir y su solidaridad, como debe ser.

El profe, además de encabezar la delegación dejó en mi psiquis las huellas indelebles de un largo abrazo y, además, una nueva reflexión respecto a la situación de un padre que ve sepultado el cuerpo y las ilusiones que ha puesto en un hijo. El derecho, decía el egregio compañero, es que los hijos enterremos a los padres y repuntaba diciendo, que en los barrios aledaños del colegio morían seguido jóvenes por la violencia de las pandillas y la limpieza social.

En esa agridulce conversación pude decirle que, a través de la literatura, uno podía y puede darse cuenta de ese fenómeno sin ser socorrido por la ficción. El meollo de la cuestión está en que los padres no contemplamos esa latente posibilidad.

Casos como los del hijo del miembro más importante de la segunda generación, que hizo 32 guerras civiles y todas las perdió, a la vez padre de 17 hijos naturales que fueron asesinados simultáneamente y en distintos lugares, uno de ellos Agustín, acribillado en la gallera por distribuir información clandestina; la muerte de Paula, hija de Isabel Allende a quien se hizo alusión renglones atrás; la muerte del hijo de quien nos ha puesto tantas veces a bailar salsa, el Joe Arroyo; el suicidio de Daniel, el hijo de la escritora Piedad Bonnet; y sin ir tan lejos la muerte, no hace mucho rato del hijo de una docente de la institución, la muerte del niño primaria de una las sedes y la de la niña de grado sexto de otra sede, y la muerte de nuestro compañero, cuyos padres están en este reciento reafirmando la calidad de hijo que trajeron al mundo y descubriendo su talento en el ejercicio del magisterio.

Que nuestra indiferencia ante la muerte no sea la otra cara de la indiferencia ante la vida. “Vida y muerte son inseparables, y cada vez que la primera pierde significación, la segunda se vuelve intrascendente”, escribe Octavio Paz en El Laberinto de la soledad.   

Todo lo dicho, lo indecible y mucho de lo que me queda por narrar, afectuoso compañero, me inspiró, en el fin de semana y de vacaciones, a tejer y a destejer este texto, retomando el ejemplo de Penélope esperando a Odiseo, pero corroboro, con la certeza de que no tendrá contestación de tú parte.

Revelo también, en esta galaxia en la que cada estrella tiene luz propia y rutilante que, escribiendo estas palabras, me invadió la nostalgia, de no haber sido ágil con mi pensamiento para manifestarle al colega, cuando me indicó la frase de la Vorágine que, con su llegada a la institución, del mismo modo, que Arturo Cova se jugó su corazón al azar, tú te lo jugaste por transformar la violencia en convivencia, desde el primero hasta el último momento de su estadía.

El profe, como la mayoría de nosotras y nosotros, se lanzó a las pampas de los Cerros Nororientales de Bogotá desde un colegio de Fontibón, sin tener conocimiento alguno de este destino, y acá se quedó. Como el verbo, en el relato bíblico, se hizo carne, habitó y seguirá habitando entre los cientos de estudiantes que disfrutaron de sus enseñanzas y de las decenas de madres y padres de familia que recibieron sus sabios consejos, algunas veces a regañadientes.

Vayamos poniéndole el cerrojo a esta desabrida y triste perorata deduciendo que el año 2025 fue un año luctuoso para el colegio donde trabajaba el profe en cuestión. La muerte nos estuvo rondando y luego rugió en las aulas. En un primer momento, el riesgo estuvo en la manifestación de 37 estudiantes con ideación suicida, muertes que, gracias al quehacer ético y pedagógico de profesoras y profesores, no se consumaron, porque las entidades encargadas de su cuidado fueron inferiores al mandato constitucional, no se tomaron en serio el sentipensar de los educandos reportados, no hicieron praxis de la prevalencia y superioridad de los Derechos de esos niños, niñas y adolescentes, que sin duda los tendremos de nuevo este año.

Ahora, mí estimado profesor, nos queda traducir tú desaparición en una separación para elaborar el duelo, no solamente los docentes sino también los educandos y padres de familia, sujetos ante quienes siempre te paraste -como expresan los estudiantes cuando pelean- con firmeza defendiendo a los pupilos o los pilluelos evocando a Pinocho, para no quedarnos en la melancolía, para trasmutar la negación y despertar del estado de anestesia en el que estamos, poque el hacha del tiempo ha cortado de un solo golpe la cuerda que nos unía en el trabajo y en la vida.

Entonces, ¿Qué podemos hacer para tramitar un duelo como el que estamos atravesando con la muerte del añorado compañero? Partimos aceptando, que no hay recuerdo capaz de restituirnos la presencia sensible de tu cuerpo, lo mismo que del cuerpo de quienes ya no están con nosotros. Tus pasos, la presencia en el patio, tu piel, tus ojos, tu sonrisa, tu voz, tu ropa y otros elementos de tú personalidad ya no los tenemos ni al frente, ni de lado, ni con nosotros ni entre nosotros y nosotras.

No es difícil colegir amigas y amigos que el contenido de la carta, como se enunció hace unos pocos renglones, se mete con el fantasma del pasado, con eso que Nietzsche llamó el Eterno retorno, dejando entrever una sombra de nostalgia, de dolor como la que aún nos acompaña por haber sido despojados de la infancia, por estar lejos del nido familiar en el que nacimos y crecimos, por la salud que tuvimos y hoy no la tenemos, por el primer amor que padecimos o disfrutamos, porque “deseamos un idilio sin sombras y sin peligros” y no los logramos; un nido de amor que resultó como el hombre de paja en la falacia de Schopenhauer; en última instancia “un retorno al huevo”, al lecho, evocando palabras de Estanislao Zuleta en el Elogio de la dificultad; en fin, por muchos episodios de nuestra historia, que vale la pena narrarlos y contarlos para airear las heridas y sanarlas.

Pintura de la serie «niños llorones» de Bruno Amadio. (alrededor de 1950)

Es una nostalgia en dos sentidos: el primero, de añoranza, en la que efectivamente nos cuesta aceptar que hay una luz sin la presencia material de la estrella que la produjo, que fue y ya no es; parafraseando a Lewis Carroll, en Alicia en el país de las maravillas, es ver la sonrisa del gato Cheshire, que permaneció flotando en el aire después de haber desaparecido el cuerpo lentamente.

El otro tipo de la nostalgia es la de gratitud: sin estar el cuerpo vemos y sentimos la luz, como Alicia en el país de las maravillas ve la sonrisa del gato, y como nosotros vemos, en las noches estrelladas, la luz que nos dejaron esos cuerpos celestes que constituyeron la galaxia hace millones de años.

La nostalgia gratitud emancipa de toda postura aciaga, de quedarnos lamentando la muerte de lo perdido, del ser amado, en un pasado despojado de futuro; la nostalgia gratitud hace brillar las estrellas muertas de manera nueva cada vez.

A la nostalgia gratitud es que le estamos apostando compañeros y compañeras; a la nostalgia gratitud hay que invitar a los estudiantes, a los familiares y amigos de quién muere, porque la nostalgia gratitud, como lo sustenta Massimo Recalcati en La luz de las estrellas muertas, “se transforma en gratitud hacia una luz que, aunque provenga del pasado, irradia nuestro futuro de manera sorprendente.”

Me queda mucho por decir entrañable compañero y amigo, pero Cronos no detiene el reloj, la vida sigue. Me despido convencido de que a la muerte solo la puede derrotar la vejez redimida y al amor consumado, tal como lo demostró Florentino Ariza al llegar, con Fermina Daza, a ese puerto de clisé milenario en el que nos legó una gran lección: “es la vida más que la muerte la que no tiene límites.”

Adiós. Adiós inmemorial compañero.

José Israel Gonzalez Blanco. IED Nuevo Horizonte.

José Israel González Blanco
Docente Orientador IED Nuevo Horizonte. Correo electrónico: [email protected] senderopedagogico.blogspot.com
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3 Comentarios

  1. Estimado José Israel, es placentero leer tus escritos, porque recrea el alma, el corazón y el diario vivir del docente con vocación de servicio; las obras literarias que han marcado tu vida y la de muchos, dejan sus huellas 👣 y nos invitan a no declinar en esas obras que encontramos en nuestras instituciones, en las aulas de clase día a día, y que aún no hemos escrito en ocasiones pero, las convertimos en éxito en NNAJ.

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