I. Clase de tecnología, sin tecnología
¡Cuando oficié a la Secretaría, no podía creer la respuesta!
El SIDRE (Sistema de Información de Recursos Educativos). Ese nombre técnico y distante es, en la práctica, el famoso déficit que las comunidades educativas debemos enfrentar para intentar cumplir con los requerimientos mínimos de dotación escolar. Un sistema de puntos administrado desde el nivel central, donde se decide —desde lejos— qué institución merece y cuál debe seguir esperando.
Mientras tanto, el rector o la rectora recibe a diario las quejas que no generó, pero que debe tramitar:
que el computador no sirve,
que el internet no funciona,
que la batería del computador de la orientadora se dañó.
Pero no son solo los adultos quienes reclaman.
También están los estudiantes, que exigen computadores capaces de soportar los programas que necesitan para formarse: software de diseño, plataformas de programación, lenguajes que hacen parte de los énfasis de tecnología o de programación. Jóvenes a quienes se les pide competir en un mundo digital con equipos que no encienden, no actualizan o no resisten una instalación básica.
Un computador que no es un lujo, sino un instrumento indispensable para el reporte de alertas, el redireccionamiento a las instituciones garantes de derechos, la atención oportuna de situaciones críticas.
Ni qué decir de los auxiliares administrativos, obligados a sostener la gestión escolar en plena era digital… sin herramientas digitales.
Esta es la paradoja: La era de la tecnología sin tecnología en las escuelas públicas.
La actual administración suma ya un número valioso de incumplimientos, de promesas que se quedan suspendidas en el aire. En las funciones que hoy desempeño como directiva docente, he sido testigo de cómo las dotaciones escolares se anuncian, se prometen, se justifican… pero no llegan.
Asumí este cargo en 2024 y estaban pendientes entregas correspondientes a 2023. Hoy, transitando el segundo mes de 2026, esa “misión” aún no se culmina. Pese a que la administración aseguró que en el primer semestre de 2025 se pondría al día con lo adeudado de la vigencia 2023 y que en el segundo semestre llegaría lo solicitado en 2024, la realidad es otra.
Ante las necesidades de dotación informática de la institución en la que trabajo, solicité por SIDRE 21 computadores. A la fecha, sigo esperando.
El año pasado, cuando oficié, la respuesta de dotaciones escolares dejó entrever una idea tan inquietante como reveladora: que la clase de tecnología no requería necesariamente equipos. Vaya paradoja. La sugerencia fue “gestionar con el Fondo Local de Desarrollo”, gestión que, por supuesto, ya se había realizado.
Hoy tengo:
Un informe que certifica la obsolescencia de los equipos, una respuesta que dice “tranquila, se está contratando”, y una realidad abrumadora de incapacidad tecnológica en la institución. Así se vive la tecnología en muchos colegios públicos de Bogotá:
entre informes, promesas y sistemas que funcionan mejor para aplazar que para resolver.
Y la pregunta insiste, incómoda, necesaria:
¿Una educación que te responde… o una que te enseña a sobrevivir sin lo básico?



Es una realidad. En mi sede ya no arrancan los computadores que se dieron hace más de 12 años de dotación. En casa se cambian cada 5 años los computadores que usa una sola persona, en mi colegio… los niños no pueden ni siquiera ir al aula porque hace tiempo están sin teclas, el Internet es para algunos computadores y dos horas no son suficientes para digitar un párrafo en Word.