”El sentimiento de culpa nos impide ver las cosas con claridad.”
(Doris May Lessing)
Al verse al espejo cada mañana Abigail tenía la sensación de estar observando a una
desconocida. Y no, no eran sus piernas más gruesas o esa celulitis que la luz del baño
insistía en remarcar. Tampoco era el abdomen que la cerveza había logrado aumentar al
pasar de los años.
Mucho menos las líneas de expresión que no se desvanecían con cremas rejuvenecedoras. Aún parecía unos años menor a pesar de todo a lo que ella llamaba: “defectos perfectamente imperfectos”. En realidad, me faltaba poco para cumplir cincuenta y muchos juraban que rondaba los cuarenta.
Definitivamente no. No tenía nada que ver con el físico; aunque al respecto haya luchado desde la época del cole con burlas y apodos graciosos, de los que también aprendí a reírme. Era algo más profundo. Parecía que había perdido algo desde hace algunos años y que por más que buscara, no encontraba. Ese reflejo no era el de la Abigail que siempre solía ser. Esa en el espejo no era yo.
Había venido perdiendo mi propio recuerdo. Solía reírme a carcajadas y sacaba chiste con doble sentido en cualquier reunión, de trabajo o amigos. Era auténtica, encantadora, con una seguridad que los tacones no dejaban pasar desapercibida. Era la dueña de mi deseo y de mi voluntad. Aquella que enfrentaba retos que otros evadían; quien convertía cada noche en una celebración íntima junto a Antonio, mi esposo desde hacía catorce años.
Antonio es solo tres años mayor, solía observar en silencio, paciente y estable como un árbol antiguo. Con un sentido del humor brillante y un puesto gerencial que causaba admiración. Nos entendíamos bien.
Habíamos vivido unos años maravillosos, otros estables con sus idas y venidas y otros que no sabría definir o cuál adjetivo usar para resumir. Lo cierto es que él había venido notando mis cambios de humor, mis suspiros sin razón aparente; como cuando se extraña a alguien muy querido que ya no está.
—¿Qué te pasa? —preguntaba él.
—No lo sé —respondía yo. Y era verdad.
También me preguntaba en ocasiones por qué ya no bailo mientras cocino o qué repuesta esperaba estática frente a la ventana mirando al horizonte como si tuviese certeza de que alguien llegaría a rescatarme.
Pasaban lo días y las cosas empezaban a cambiar, entre mi dolor de cabeza y sus largas jornadas de trabajo buscábamos la forma de desestresarnos. Los juegos de mesa estuvieron bien una vez, la película era una actividad que nos iba mejor para el fin de semana, el vino terminaba en un mal dormir.
Intentamos recuperar lo que éramos. El ritual que durante años fue nuestro refugio. Yo accedí, aunque ya aquel ritual no representara en mí lo mismo. —Es el cansancio me decía a mí misma para justificarme—. Las caricias se volvían trámite. El tiempo se estiraba como una cuerda tensa.
Mientras él insistía en buscar la antigua complicidad, yo solo deseaba que terminara pronto. Nada lograba excitarme. Mi cuerpo estaba mal, simplemente no respondía. Me quedaba dormida deseando que la próxima vez fuera mejor. Después me invadía la culpa.
La siguiente semana, habitar el refugio corrió por mi cuenta. Las velas, el vino, el perfume, el labial, la lencería y la música. Antonio celebró mi esfuerzo. Yo celebré su entusiasmo. Pero dentro de mí no ocurría nada. Ni mariposas, ni calor, ni temblor en las piernas.
Solo una ausencia densa, un ruido en la cabeza que no me dejaba habitar el momento. Algo en mí se apagó. El cansancio transitaba hacia una depresión silenciosa que teñía mis días de gris oscuro. Le hablé de médicos, de hormonas, de tristeza. Él repetía que era normal en los matrimonios. Que no era para tanto. Que era mi deber como esposa.
Algo así como lavar los trastes, no nos gusta mucho; pero, debe hacerse. Esa afirmación me golpeaba muy fuerte y no supe de qué manera pedirle que me diera un tiempo mientras revisaba con mi médico eso que estaba tan mal en mí y debía solucionar cuanto antes. Empecé a sentir que perdería a mi esposo, que mientras me siguiera negando, él encontraría fuera de casa quien le complaciera.
Es triste. Algunas veces accedí y en otras ocasiones decía que no en voz baja. Pero todas las veces sentía culpa. Todo lo malo que sucediera en adelante era culpa mía. Empecé a llorar cada noche, sin querer ir a la cama porque sabía que mi voluntad no sería escuchada. Cada encuentro me dejaba más rota, más inútil, más triste.
En el trabajo me volví irritable. Estallé por nimiedades. Mi hija Patricia escuchaba mis quejas sin saber qué responder. Mis amigas reclamaban mi ausencia. Yo me desmoronaba en silencio. Mi cabeza y estómago se fundían en dolor, rabia, frustración. Ya no era yo. Ni en casa, ni fuera de ella.
Empezaba a convertirme en un desastre que crecía poco a poco. Un desastre que acabó en camilla, con enfermeras y otro personal de la salud atendiendo mi caos. Ese tiempo en la clínica me permitió descansar. Aprendí a respirar, a darle nombre a mi dolor. Antonio asistió preocupado a un par de terapias. Yo quise creer que bastaba. No queríamos perdernos, nos amábamos todavía.
Pero la noche de Navidad bebió más de la cuenta. El olor del alcohol llegó antes que sus palabras. Reía demasiado fuerte. Caminaba con una torpeza que ya conocía. Le propuse dormir separados. Intenté decirlo con calma, como si fuera una sugerencia trivial. No lo fue; su negativa a mi propuesta ya había destrozado mi blusa.
Dije “no” muchas veces en voz alta, entre lágrimas y gritos. Nada sirvió. Me quedé quieta como simulando que dormía, pidiendo otra vez en mi mente que las horas volaran. Eso jamás pasó. Algo en mí se quebró, me dolía respirar. Pero esas horas de desvelo me ayudaron a reconocer que no quería pasar el resto de mis días de esa manera.
Llegó entonces el momento de levantarme y organizarme para la actividad familiar del 25. Después de la amarga noche de navidad, actuaba como en automático. Participé sonriente del asado familiar, canté como hacía mucho tiempo no lo hacía. Nos inventamos juegos por equipos, en parejas e individuales. Fue un asado muy divertido y creo que nadie notó que por dentro estaba destrozada, pero al finalizar esa noche una decisión ya había sido tomada.
El 31 de diciembre, antes del brindis, Abigail recogió sus cosas: su ropa, sus medicamentos, dos libros y un cuaderno donde había escrito: “No estoy sola”. Hizo un par de llamadas. Una de las voces femeninas al otro lado de la línea del celular le dijo:
—amiga: estamos con vos. Tu hija Patricia ya nos ha adelantado una parte de la historia y aquí estamos todas pendientes para recibirte— Esa noche Abigail durmió sin miedo. A medianoche, los fuegos artificiales iluminaban la ciudad.
—Este año será diferente —le dijo Patricia. Y Abigail lo creyó. No caminaba hacia atrás. Ahora caminaba hacia sí misma, hacia mí misma.
En el albergue me miré otra vez al espejo. La mujer que estaba frente a mí seguía herida. Seguía cansada. Pero había algo nuevo en su mirada. Tal vez, no recuperaba aún eso que me hacía ser yo, ser mujer, ser fuego, ser Abigail. Perdí algo más, pero esta vez me sentía bien. Había perdido el miedo.
Me sonreí, sabiendo que la búsqueda no había terminado, pero que cada día en adelante sería una oportunidad para volver a encender mi propia luz, sin afán, sin presión y sin culpa. No sabía cuánto tardaría en reconstruirme. No sabía cómo sería el camino. Pero esta
vez el reflejo sí me pertenecía. Y eso era suficiente.


