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Honestidad intelectual. Reflexiones sobre sus aportes en la búsqueda de pensamiento crítico

Cada equivocación constatada por revisión propia o ajena, me ha permitido avanzar con mayor fuerza, en mi realidad intelectual. Jhonatan Fonseca Rodríguez

Leyendo el texto “Honestidad intelectual y pensamiento Crítico” del Filósofo y docente universitario Ivan Javier Mojica Rozo, pude recordar algunos errores o equivocaciones intelectuales que he tenido durante mi vida como sujeto que participa en ambientes académicos. En mi proceso como docente de ciencias sociales he dicho, de buena fe, cualquier cantidad de mentiras sobre temas relacionados con la educación, política, cultura, etc.

Una de las tantas que recuerdo fue haber afirmado, porque así lo escuché, que el llamado padre de la Sociología Colombiana, Orlado Fals Borda, había nacido en Medellín; nada más alejado de la verdad biográfica del maestro Fals. Esa equivocación dolió mucho porque salió de un estudiante de Sociología que, sin haber leído la biografía del maestro, consideró suficiente el relato de otra persona para realizar dicha afirmación.

El equivocarse intelectualmente obedece usualmente a la manía de opinar sobre todos los temas que se hacen presentes en una tertulia, aunque no se hayan estudiado las fuentes, evidencias, o incluso, los contenidos del tema. Parece que dar el punto de vista u opinar, sobre todo, se vuelve una actitud propia de quien pretende asombrar a sus interlocutores convirtiéndolos, a veces, en extensiones comunicativas del mismo error.

En el afán de volvernos expertos de temas que no hemos estudiado, caemos en lógicas de análisis que imposibilitan abordar dicha temática desde la más amplia discusión o consideración de tesis, argumentos, evidencias, fuentes o contextos posibles. En ese orden de ideas, nos convertimos de buena fe en auspiciadores de límites a las aproximaciones de la construcción de un pensamiento crítico o, dicho de otra manera, en deshonestos intelectuales.

De varios elementos o criterios que Carson (2010, pp. 252-254) nos propone para tener en cuenta con relación a la conducta de una persona intelectualmente honesta, resalto tres: el primero es la conciencia de falencias, sesgos o prejuicios propios y ajenos; el segundo es la intención de forjar una postura imparcial; y el tercero, el revisar lo más que se pueda la evidencias que sé son posibles a partir de los temas revisados.

Esas tres consideraciones conceptuales se pueden revisar en cualquier ámbito de nuestras vidas. En los contextos educativos en donde nos movemos, los docentes tendríamos grandes posibilidades de mejorar nuestra cosmovisión del mundo del saber (enseñanza y aprendizaje) si asumimos, con humildad y grandeza, que nos equivocamos en los distintos escenarios de nuestra acción pedagógica y humana; bastaría con realizar una revisión de introspección guiada por la conciencia objetiva y la disposición siguiente de corregir (leer, consultar, investigar sobre la materia de estudio).

La equivocación, vista como una oportunidad siempre actualizada de mejorar, no solo le brinda al autor la necesidad de movilización pedagógica académica que garantice una construcción más estructurada de los conceptos, teorías, enfoques, tesis o argumentos abordados; sino que, además, posibilita relaciones más humanas, más académicas, más técnicas, en la gestión de aula con los estudiantes.

Esta primera actitud de autocrítica asociada al reconocimiento de equivocaciones, nos acerca a una postura más objetiva, en cuanto el debate y la controversia se hacen necesarios en unos espacios de construcción o socialización de conocimientos. Se trata de profundizar en el reconocimiento de distintos puntos de vistas e interpretaciones que requieren, como mínimo, ser consideradas en los espacios de diálogo o comunicación social.

Esas consideraciones de las diferencias en las aulas adquieren un papel protagónico si se quiere avanzar en el fortalecimiento de un proceso de enseñanza y aprendizaje más crítico, más activo, que le quite espacio a la noción estática de la construcción intelectual que, aunque funcional para la visión mas tradicional del orden o la disciplina, resulta inútil en la pretensión altruista de una sociedad que se aproxima al pensamiento crítico.

Pero no solo basta una autocrítica y una revisión lo más objetiva posible, se requiere, además, de una revisión técnica de las pruebas que se presenten en cada situación; tiene que ver con una amplificación de la conducta del llamado apóstol Tomás, en donde se requiere mediar la creencia por una interlocución visual; o que decir de la orientación filosófica de René Descartes, en donde la duda guía las posibilidades del saber.

Las evidencias se constituyen en el martillo de la especulación intransigente, aplastando cualquier posibilidad de que el solo dicho, o la mera tesis por sí misma, se vuelva argumento válido.

Revisar la conciencia de las equivocaciones, la imparcialidad y la inspección seria de evidencias en un contexto educativo, nos llevaría a pensar en las posibilidades de que la gestión pedagógica logre unos estadios más estructurados, en donde los miembros de las comunidades logren relaciones y procesos más amigables con el pensamiento crítico; un pensamiento crítico que no solo valora los aspectos teóricos y prácticos de una ciencia, teoría o conceptos, sino que también aborde realidades humanas.

Me refiero a la articulación de conductas intelectuales soportadas desde el reconocimiento colectivo y genuino de personas que sienten y se expresan a partir de dichos sentimientos. Es como realizar una pequeña relación conceptual con el hombre SENTIPENSANTE de Orlando Fals Borda, Eduardo Galeano y el gran Alfredo Correa de Andreis; no en su concepción sociológica, sino en su relación lógica y natural, en donde el hombre actúa motivado por la combinación de la razón y las emociones o sentimientos.

Y es que la conciencia de la equivocación, la búsqueda de objetividad y la revisión profunda de la evidencia constituyen un triángulo conceptual que puede ser considerado por los docentes, directivos docentes, estudiantes y padres de familia en las comunidades educativas, en sus relaciones e interrelaciones, pero no aisladas del sentido humano de los sentimientos sino, más bien, guiados por la realidad de la persona que experimenta una cantidad y variedad de emociones que deben gestionarse de la forma correcta para que, ancladas a las conductas adecuadas, se produzcan o reproduzcan unas relaciones sociales de enseñanza y aprendizaje estructuradas, que respeten de forma paralela el conocimiento en su dimensión amplia y las emociones que mueven al ser humano a participar de los procesos educativos y pedagógicos.

Considerar estas reflexiones y otras más amplias, nos puede brindar herramientas de análisis para mantener, desde la autocrítica, una revisión progresiva y proyectada al avance de los estadios cognitivos, comunitarios, sociales y personales que hoy, como sujetos inmersos en procesos de formación, hemos logrado. Se trata de estar dispuestos a la movilización pedagógica guiada por los valores de la dignidad humana en donde, además de ciudadanos intelectualmente estructurados, tengamos sujetos sensibles a las realidades subjetivas que no distorsionan las objetivas.

En términos más prácticos y aterrizados a nuestras actividades, diríamos que debemos buscar ser docentes, directivos, estudiantes y padres de familia capaces de hacer, desde las vivencias cotidianas que se desarrollan en las comunidades, nuestro mayor esfuerzo demostrativo por construir procesos de enseñanza – aprendizaje y convivencia mucho más conscientes, objetivos, técnicos y revestidos de comprensión por las realidades humanas del sujeto.

Con estas consideraciones, aunque no se abordan otros aspectos que inciden en las relaciones sociales, daríamos un gran paso como sociedad y especialmente como comunidad educativa. Hemos llegado al punto de considerar pensar en unas clases donde la lectura, la consulta, la reflexión, las pruebas y la equivocación, sean consideradas como realidades que posibilitan un desarrollo intelectual y humano significativo.

Terminamos preguntándonos si ¿hemos considerado en nuestra practica estos criterios?, ¿estaríamos dispuestos a aprenderlos e introducirlos en nuestra gestión académica y comunitaria?, ¿cuáles son las acciones que desde nuestro rol y responsabilidad concreta podríamos iniciar para caminar hacia ese objetivo?

Jhonatan Fonseca Rodríguez
Rector de la Institución Educativa Departamental Técnica Agropecuaria Anaxímenes Torres Ospino, Municipio de El Banco Magdalena. Sociólogo, especialista en docencia y candidato a Maestría en Pedagogía Ambiental. Correo electrónico: [email protected]
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1 Comentario

  1. Un aspecto destacable de uno de los fragmentos es la integración equilibrada entre razón y emoción. No plantea la objetividad como una negación de los sentimientos, sino como un ejercicio que se construye desde la condición humana, reconociendo que docentes, estudiantes y familias son sujetos atravesados por emociones diversas que influyen en sus relaciones y prácticas educativas. Interesante desde mi rol psicológico.

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