En su libro El taller, Una alternativa de renovación pedagógica Escribió Ezequiel Ander – Egg que la práctica pedagógica requiere de un conducta o actitud del docente que facilite la capacidad de diálogo, actitud de búsqueda de la verdad, rechazo del dogmatismo en cualquiera de sus formas y la autodisciplina, implicación y responsabilidad personal.
De entrada, la tesis general del autor nos permite pensar que en tiempos de aprendizaje por competencias se requiere de un manejo conceptual, teórico y por supuesto, de una práctica pedagógica consciente, honesta y profunda. Se trata de adentrarnos en una reflexión permanente sobre la actitud que debemos o podemos asumir frente al arte de enseñar e inspirar el aprendizaje.
En la propuesta literaria de Ander – Egg, resulta interesante el desarrollo diferencial y explicativo de las nociones que sumadas, permiten lograr la actitud correcta para poder desarrollar el taller como una estrategia de innovación pedagógica. Resulta interesante suponer que la actitud del agente educativo no solo aplica al contexto del ejercicio concreto del taller, sino también, a cualquier otro proceso, estrategia o acción educativa que se desarrolle en las instituciones educativas.
Una primera noción propia de la conducta adecuada para trabajar el mejoramiento académico es la capacidad de diálogo que debe cultivarse entre agentes del sistema educativo, de forma especial, entre docentes y estudiantes. Esta categoría conceptual nos invita a fomentar en nuestra practica académica la comunicación asertiva con estudiantes, en donde las relaciones comunitarias de colaboración sean las que se expresen de forma constante.
Se trata, ante todo, que en el aula y la escuela los docentes y estudiantes puedan desarrollar una comunicación permanente mediada por la capacidad de exponer ideas y puntos de vistas distintos y que dicha complejidad nos mueva a la construcción colectiva de saberes mucho más elaborados.

Avanzar en la profundización de una pedagogía del diálogo, implica también, atreverse a pensar e iniciar nuevas formas de trabajo en la escuela y en el aula, de otra forma, se trata de romper esquemas de funcionamiento. Los estudiantes y docentes que se atreven a iniciar cambios en la práctica pedagógica, pueden lograr el descubrimiento de saberes más profundos y diferentes que doten el contenido curricular de una talla intelectual fuerte y segura.
Ese progreso entendido como resultado de una práctica del diálogo no solo se limita al terreno pedagógico del saber, sino también, al plano de la convivencia, dada la posibilidad de avanzar en la modelación de conductas para el desarrollo de los procesos institucionales.
Además de la cultura del diálogo, la conducta debe revestirse de una búsqueda seria de la verdad académica, técnica, lógica e intelectual en donde los agentes educativos comprendan que la verdad no es un producto acabado en ningún sentido, sino la expresión de insistencia de conocimiento que mantiene vivo el espíritu del saber y la curiosidad.
No existe teorización acabada y lo que corresponde es insistir en lo que prefiero llamar aproximaciones temáticos o conceptuales, no como una meta tangible, sino como una apertura al querer buscar y deleitar los sabores de los saberes. Los docentes y estudiantes que se mueven en dirección de buscar conocer sobre todo aquello posible que se encuentra en las construcciones teóricas, metodológicas o prácticas del conocimiento, desarrollan un hábito de apertura intelectual que enriquece el contexto de formación que amarrado a la conducta dialogante mantendría sujetos con mejores desempeños académicos tanto para la enseñanza como para el aprendizaje.
Desarrollar una conducta facilitadora de los procesos académicos presenta algunos obstáculos que se deben atender y proponer superar, uno de ellos, el dogmatismo o lo que yo prefiero llamar el fanatismo intelectual que cierra las puertas a las discusiones, criterios o conclusiones por fuera de la caja mental de quien considera que no existe posibilidad alternativa a la establecida por subjetividad y niega las otras opciones, sean cuales sean sus razonamientos.
El fanatismo intelectual castiga la diversidad de pensamiento y actúa como un juez tirano que condena al aislamiento a las personas que no lo acaten, se trata a mi modo de ver, de una dictadura pedagógica de gran peligro, que en el marco intencional de convivir, construir y avanzar como sujetos de desarrollo académico que conforman una comunidad, debemos contrarrestar todos.
Eliminar las expresiones de fanatismo académico o intelectual requiere de una disposición de ir a participar en la escuela, en el aula de clases y demás espacios de trabajo como miembros activos que reconocen que los demás pueden desarrollar pensamientos divergentes y que dicha realidad debe prevalecer frente aquello que de forma individual se ha establecido con antelación, se trata sobre todo, de reconocer y actuar entre la comunidad como un miembro que escucha, participa y define nociones de saber complejas y necesariamente democráticas.

Una noción de apoyo a la conducta anhelada es la autodisciplina o responsabilidad personal, la cual resulta muy cuestionada en las comunidades educativas y en las dos en las que he podido participar, es una verdad inamovible en las esferas o círculos de análisis.
Frases como “el estudiante no quiere aprender” “ya ellos son así” invitarían a pensar que nada tenemos por realizar en materia de enseñanza y aprendizaje con los jóvenes y niños que asistimos, lo que sería un despropósito intelectual de quienes asumimos el reto de trabajar por la educación de una sociedad.
Pensar en la autodisciplina como una forma de conducta ajena al proceso de trabajo en el aula es un error que nos lleva a menudo a dejar de intentar practicas o metodologías diferentes a las que ya existen, se trata de una resignación terrible sobre un proceso fallido y sobre el cual nada podemos hacer, nada mas y nada menos que el proceso de formación académica, social y humana de millones de niños y jóvenes estudiantes.
El compromiso personal de los estudiantes y los profes no es una realidad construida sin los procesos de la escuela, por el contrario, es en la escuela y de manera específica, en la puesta en marcha de actividades curriculares estructuradas, en donde estos patrones de conductas pueden aflorar o afianzarse.
Dicho en otras palabras, trabajar en fortalecer una conducta de trabajo responsable implica planear y participar en actividades con los estudiantes de forma seria y permanente. Cuando se está en permanente desarrollo de actividades lúdicas o didácticas en el aula, los sujetos educativos van desarrollando los hábitos que aún no han logrado, es decir, se van comprometiendo más con su formación.
La posibilidad de avanzar en la construcción de procesos académicos con mayor fuerza metodológica, lúdica y didáctica en las actividades del currículo, requiere asumir de forma crítica los postulados del dialogo, verdad, fanatismo y compromiso personal. Abrirnos a experimentar nuevas conductas del trabajo académico nos daría la oportunidad integral de ayudar a consolidar las tres acciones o competencias de la pedagogía dialogante de Zubiria, Pensar críticamente, Comunicarse y Convivir.


