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sábado, marzo 7, 2026
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Una mala clase es un asesinato

“Muchas veces hemos constatado que nuestro amor por la literatura o la filosofía, o por la historia o las matemáticas, es inseparable de un profesor o una profesora en concreto. No se puede entrar en clase sin una buena preparación. No se puede hablar al alumnado sin amar lo que se enseña. Una pedagogía rutinaria acaba por matar cualquier forma de interés. Por ello tiene razón George Steiner cuando nos recuerda que << una enseñanza de mala calidad es, casi literalmente, un asesinato<<.”

Nuccio Ordine (ver semblanza)

Hace un par de semanas escribía una reflexión sobre las pruebas censales y el rol que han  jugado en la mal llamada “calidad educativa” (concepto para debatir luego); en ese escrito  plantee que debíamos prohibir las clases aburridas, sorpresivamente me escribieron  algunos conocidos para interpelar dicha frase, sobre todo entraron a cuestionar: ¿Qué es  una clase aburrida? ¿y cómo prohibirla? A lo que, para ser sinceros no supe responder.

Por un lado, están los docentes que creen que las clases no aburridas están mediadas por  lo que en el medio jocosamente se resume en una frase: “si quiere me pongo un pin pon”,  aduciendo a que el maestro no puede convertirse en un payaso; dijo un viejo amigo  radical, si necesitamos vestirnos como payasos para que podamos llamar su atención, pues no debe ser un impedimento para lograr nuestro objetivo. En fin, lo cierto, es que hoy los  payasos no son muy queridos en la vida de nuestros estudiantes, destinados a perecer  como fueron conocidos en el siglo XX, los payasos tendrán la misma suerte que los  ascensoristas.

Tal vez, lo que se quiere plantear es que de alguna manera los docentes siempre hemos  luchado contra la rutina de la escuela, una institución descrita por Althusser como el  aparato ideológico del Estado, para nada neutro, que como cualquier institución social lucha por mantenerse intacta, sin embargo, en la escuela se encuentran las fisuras necesarias  para que no estalle en mil pedazos, aún más, en escuelas tan variopintas como las  colombianas llenas de tantos problemas, como de alternativas, pero sobre todo de bellas  resistencias.

Ahora bien, por más que existan modelos, experiencias o equipos comprometidos, tanto la  escuela pública como la escuela privada están manejadas por el modelo tradicional: la   escuela rutinaria de la cita inicial, esa que mata más ideas que una noticia falsa enviada al grupo familiar de WhatsApp, contra esa escuela, enfilé toda mi artillería.

Fotograma de la película «The Wall» (1982)

En un ejercicio de  contraste se puede decir que las clases aburridas también fueron milimétricamente bien  preparadas, pero fracasaron por otras circunstancias, o tal vez no gustaron porque no  fueron pensadas para sus consumidores finales, total, la clase es lo que el sujeto maestro  ofrece en el aula de clase; muchas veces roto, casi siempre inconforme, pero sobre todo subvalorado por la sociedad. Esto es lo realmente paradójico y complejo del acto pedagógico, de por sí, esa es la razón de ser de las licenciaturas, -el que crea que es  sencillo pararse frente a un grupo de NNJ esta meando por fuera del tiesto-.

Recuerdo muy bien como desde el rol de secretario de educación departamental he tomado como reivindicación personal que se me llame por mi nombre o profe, no doctor o secretario, ya que no es común que un profe de aula ocupe ese cargo, pero sobre todo,  porque la dignificación de la carrera docente vendrá de nosotros mismos, todos los días  tenemos que luchar contra esa matriz mediática que nos ha convertido en vagos, parásitos, malos estudiantes y vividores del sistema, cuando es la educación pública -básica, media y  universitaria- la que le ha dado la oportunidad de ascenso social a unas mayorías  realmente excluidas.

«La letra con sangre entra». Francisco de Goya (1780-1785)

Por la misma línea argumentativa, no podemos desconocer que como en cualquier profesión hay personajes muy malos en lo que hacen, la docencia no es la excepción, así como tenemos maestros que nos ayudaron a descubrir nuestro potencial, hay otros que aún hoy recordamos con cierto sentimiento de rencor por no habernos ofrecido algo más que su mediocre presencia en el aula. Las buenas clases no solo dependen de que tengamos unos docentes bien cualificados, sino fundamentalmente que amen lo que hacen y quieran trasmitirlo con alegría y creatividad, lo que de por sí, ya es un reto.

Por ejemplo, no hay nada que exija más energía que desarrollar una clase con los  estudiantes de los primeros grados de formación, son pequeñas latas de bebida energética  listos para lo desconocido, lo que obliga a los docentes a ser bastante exigentes con sus  propuestas de  clase, no es de poca monta, que la mayoría de las facultades de educación  en sus cursos de actualización o Posgrado nos plantean la necesidad de ocupar esos grados con los docentes más cualificados de la institución.

El problema es que la lógica del docente es totalmente contraria, nos han hecho creer desde nuestra propia escolaridad que entre más preparación tengo debo estar en los grados superiores, desde la perspectiva de una falsa idea de que el docente es el protagonista principal del acto pedagógico.

«Defender la Universidad pública no es ningún delito». Foto: Pinta en la Universidad Autónoma de Barcelona – España.

Deberíamos vernos como co-protagonistas, junto al estudiante, los padres, los directivos  docentes, la sociedad y el Estado, todos sumando para la realización personal del sujeto  estudiante -el eslabón más vulnerable de esta cadena-; y su realización debe ser  directamente proporcional a la mía como docente, padre, vecino, etc., su felicidad debe ser  mi felicidad, pero eso solo es posible si como magisterio giramos el interés a la lucha  pedagógica.

Es triste decirlo, pero algunos colegas estan condenando a nuestra juventud a las peores  clases de la historia, sin creatividad, sin innovación, sin preparación, al mejor estilo de los  fisiócratas franceses -dejar pasar, dejar hacer-, el Laissez Faire pedagógico, mientras que el  otro sector se da la pela por sacar esto adelante, clases inolvidables que le devuelven la  esperanza a la humanidad, que enfrentan todas las adversidades para llegar a su aula, que  comparten colectivamente las tristezas y las alegrías, que reconocen la comunidad que se  tejen en medio de las paredes de la escuela, si alguien está triste nos entristecemos todos,  somos porque el otro es y ese otro también soy yo.

Para hacer realidad todo esto necesitamos docentes que tengan convicción pedagógica, que no es otra cosa que el compromiso con la sociedad de formar ciudadanos críticos capaces  de transformar positivamente su comunidad y su entorno, capaces de pensar  colectivamente sin anular al sujeto y entender el mundo desde la complejidad de la  interdependencia y la globalización, superar el docente funcionario pegado del reloj y la  norma, sin entregar los derechos laborales, pero siendo un sujeto que no llega derrotado al aula, sino retado de sacar esto adelante, como lo he repetido en muchas reuniones con mis colegas o nos transformamos por convicción y revolucionamos la escuela o terminaremos  cediéndole esa posibilidad de mejoramiento a las herramientas punitivas del Estado.

Finalmente, dedico estas palabras en reconocimiento a todos y todas esas maestras que hacen la diferencia, a pesar muchas veces de la apatía de sus compañeros, no dejen morir ese espíritu libre que los caracteriza, como el maestro en la película La Lengua de las Mariposas, hacer nuestra labor con corazón es lo que marca la diferencia.

 

Yesid González
Magister en Educación. Docente SED. Exsecretario de Educación del Dpto del Magdalena. Correo: [email protected]
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