“Muchas veces hemos constatado que nuestro amor por la literatura o la filosofía, o por la historia o las matemáticas, es inseparable de un profesor o una profesora en concreto. No se puede entrar en clase sin una buena preparación. No se puede hablar al alumnado sin amar lo que se enseña. Una pedagogía rutinaria acaba por matar cualquier forma de interés. Por ello tiene razón George Steiner cuando nos recuerda que << una enseñanza de mala calidad es, casi literalmente, un asesinato<<.”
Nuccio Ordine (ver semblanza)
Hace un par de semanas escribía una reflexión sobre las pruebas censales y el rol que han jugado en la mal llamada “calidad educativa” (concepto para debatir luego); en ese escrito plantee que debíamos prohibir las clases aburridas, sorpresivamente me escribieron algunos conocidos para interpelar dicha frase, sobre todo entraron a cuestionar: ¿Qué es una clase aburrida? ¿y cómo prohibirla? A lo que, para ser sinceros no supe responder.
Por un lado, están los docentes que creen que las clases no aburridas están mediadas por lo que en el medio jocosamente se resume en una frase: “si quiere me pongo un pin pon”, aduciendo a que el maestro no puede convertirse en un payaso; dijo un viejo amigo radical, si necesitamos vestirnos como payasos para que podamos llamar su atención, pues no debe ser un impedimento para lograr nuestro objetivo. En fin, lo cierto, es que hoy los payasos no son muy queridos en la vida de nuestros estudiantes, destinados a perecer como fueron conocidos en el siglo XX, los payasos tendrán la misma suerte que los ascensoristas.
Tal vez, lo que se quiere plantear es que de alguna manera los docentes siempre hemos luchado contra la rutina de la escuela, una institución descrita por Althusser como el aparato ideológico del Estado, para nada neutro, que como cualquier institución social lucha por mantenerse intacta, sin embargo, en la escuela se encuentran las fisuras necesarias para que no estalle en mil pedazos, aún más, en escuelas tan variopintas como las colombianas llenas de tantos problemas, como de alternativas, pero sobre todo de bellas resistencias.
Ahora bien, por más que existan modelos, experiencias o equipos comprometidos, tanto la escuela pública como la escuela privada están manejadas por el modelo tradicional: la escuela rutinaria de la cita inicial, esa que mata más ideas que una noticia falsa enviada al grupo familiar de WhatsApp, contra esa escuela, enfilé toda mi artillería.

En un ejercicio de contraste se puede decir que las clases aburridas también fueron milimétricamente bien preparadas, pero fracasaron por otras circunstancias, o tal vez no gustaron porque no fueron pensadas para sus consumidores finales, total, la clase es lo que el sujeto maestro ofrece en el aula de clase; muchas veces roto, casi siempre inconforme, pero sobre todo subvalorado por la sociedad. Esto es lo realmente paradójico y complejo del acto pedagógico, de por sí, esa es la razón de ser de las licenciaturas, -el que crea que es sencillo pararse frente a un grupo de NNJ esta meando por fuera del tiesto-.
Recuerdo muy bien como desde el rol de secretario de educación departamental he tomado como reivindicación personal que se me llame por mi nombre o profe, no doctor o secretario, ya que no es común que un profe de aula ocupe ese cargo, pero sobre todo, porque la dignificación de la carrera docente vendrá de nosotros mismos, todos los días tenemos que luchar contra esa matriz mediática que nos ha convertido en vagos, parásitos, malos estudiantes y vividores del sistema, cuando es la educación pública -básica, media y universitaria- la que le ha dado la oportunidad de ascenso social a unas mayorías realmente excluidas.

Por la misma línea argumentativa, no podemos desconocer que como en cualquier profesión hay personajes muy malos en lo que hacen, la docencia no es la excepción, así como tenemos maestros que nos ayudaron a descubrir nuestro potencial, hay otros que aún hoy recordamos con cierto sentimiento de rencor por no habernos ofrecido algo más que su mediocre presencia en el aula. Las buenas clases no solo dependen de que tengamos unos docentes bien cualificados, sino fundamentalmente que amen lo que hacen y quieran trasmitirlo con alegría y creatividad, lo que de por sí, ya es un reto.
Por ejemplo, no hay nada que exija más energía que desarrollar una clase con los estudiantes de los primeros grados de formación, son pequeñas latas de bebida energética listos para lo desconocido, lo que obliga a los docentes a ser bastante exigentes con sus propuestas de clase, no es de poca monta, que la mayoría de las facultades de educación en sus cursos de actualización o Posgrado nos plantean la necesidad de ocupar esos grados con los docentes más cualificados de la institución.
El problema es que la lógica del docente es totalmente contraria, nos han hecho creer desde nuestra propia escolaridad que entre más preparación tengo debo estar en los grados superiores, desde la perspectiva de una falsa idea de que el docente es el protagonista principal del acto pedagógico.

Deberíamos vernos como co-protagonistas, junto al estudiante, los padres, los directivos docentes, la sociedad y el Estado, todos sumando para la realización personal del sujeto estudiante -el eslabón más vulnerable de esta cadena-; y su realización debe ser directamente proporcional a la mía como docente, padre, vecino, etc., su felicidad debe ser mi felicidad, pero eso solo es posible si como magisterio giramos el interés a la lucha pedagógica.
Es triste decirlo, pero algunos colegas estan condenando a nuestra juventud a las peores clases de la historia, sin creatividad, sin innovación, sin preparación, al mejor estilo de los fisiócratas franceses -dejar pasar, dejar hacer-, el Laissez Faire pedagógico, mientras que el otro sector se da la pela por sacar esto adelante, clases inolvidables que le devuelven la esperanza a la humanidad, que enfrentan todas las adversidades para llegar a su aula, que comparten colectivamente las tristezas y las alegrías, que reconocen la comunidad que se tejen en medio de las paredes de la escuela, si alguien está triste nos entristecemos todos, somos porque el otro es y ese otro también soy yo.
Para hacer realidad todo esto necesitamos docentes que tengan convicción pedagógica, que no es otra cosa que el compromiso con la sociedad de formar ciudadanos críticos capaces de transformar positivamente su comunidad y su entorno, capaces de pensar colectivamente sin anular al sujeto y entender el mundo desde la complejidad de la interdependencia y la globalización, superar el docente funcionario pegado del reloj y la norma, sin entregar los derechos laborales, pero siendo un sujeto que no llega derrotado al aula, sino retado de sacar esto adelante, como lo he repetido en muchas reuniones con mis colegas o nos transformamos por convicción y revolucionamos la escuela o terminaremos cediéndole esa posibilidad de mejoramiento a las herramientas punitivas del Estado.
Finalmente, dedico estas palabras en reconocimiento a todos y todas esas maestras que hacen la diferencia, a pesar muchas veces de la apatía de sus compañeros, no dejen morir ese espíritu libre que los caracteriza, como el maestro en la película La Lengua de las Mariposas, hacer nuestra labor con corazón es lo que marca la diferencia.


