Después de leer el libro del compañero Omar, es imposible para mí no pensar en otra novela que describe el contexto complejo de la vida cotidiana de los colombianos de a pie. A diferencia del texto de René, que relata con maestría las calles de la capital, Mary Daza Orozco se centra en la violencia desencadenada en el Urabá antioqueño. Ambas historias se alimentan de hechos reales, cambiados en algunas fechas, datos o nombres para proteger a las protagonistas de estas historias de unas violencias que no cesan.
Y es que desde la aparición en esta tierra americana de la trágica Colombia, parece que lo único que nos atraviesa como nación, desde la perspectiva de una comunidad políticamente imaginada, en palabras de Anderson, es la violencia; transfigurada en estos últimos tiempos en lo que el investigador Daniel Pécaut había definido como la trivialización de la violencia, llegando a lo que, en un país de 70 años de guerra ininterrumpida, puede llegar: el degeneramiento del conflicto.

El libro de Mary Daza se titula Los muertos no se cuentan así y con esta comparación no quiero ser odioso o mucho menos parecer crítico de literatura, es el comentario de un docente que ha utilizado la novela para complementar sus clases de ciencias sociales de manera didáctica. Si bien estos dos textos los recomiendo para grados superiores o docentes en formación, la literatura puede ser usada en todos los grados con unos resultados sorprendentes.
Tal vez somos un país que no lee, sencillamente porque nos falta fomentarla de manera asertiva en las escuelas. Siempre me cuestioné como estudiante para qué me ponían a leer El Quijote cuando no encontraba cómo conectarlo con mi mundo cotidiano, habiendo textos tan enganchadores como Opio en las Nubes.

Así como yo me sentía, se sentían mis estudiantes de grado décimo de la localidad de Bosa frente a los temas relacionados con la violencia política del país, muy a pesar de que el colegio era un lugar de la memoria y el único acto de reparación para la familia de un sindicalista asesinado. Los estudiantes no encontraban relación entre los hechos de violencia estudiados y su cotidianidad, a sabiendas de que sabían muy bien el significado de la palabra.
La primera dificultad por superar es la falta de gusto por la lectura, no hay nada más antipedagógico en una sociedad como la nuestra que enviar a leer sin el apoyo o el acompañamiento preciso. La mayoría de los chicos de los sectores populares poco o nada tienen acercamiento a la cultura, el arte, el teatro y obviamente a la lectura por parte de sus padres.
Es más, muchos confesaron en el desarrollo de la actividad que nadie les había leído a viva voz en sus casas, habiendo perdido la posibilidad maravillosa de fantasear con historias que en su momento habrían dejado volar su imaginación —ahora con la masificación de las pantallas, peor—.
Fue así como decidimos la lectura en clase, no íbamos a enviar los capítulos para la casa, el proyecto de aula sería leer el libro en conjunto y desarrollar proyectos finales que condensaran la experiencia de manera creativa.

«Masacre en Colombia» (2000). Oleo sobre tela
147 x 210 cm
Donado por el autor (15.1.2004). Tomado de: https://museonacional.gov.co/exposiciones/itinerantes/botero/Paginas/Botero.aspx
Cada estudiante tuvo que conseguir las copias, exigencia que fácilmente podría dar un disciplinario por pedir útiles a los estudiantes, “ya que la educación pública es gratuita”, y eso es solo un pequeño ejemplo del nivel de estupidez burocrática a la que se enfrenta la escuela, que tampoco me podía dar las copias —resultado de la desfinanciación por años—. Pero este pequeño escollo es algo inimaginable para una escuela privada o concesionada, ya que pueden pedir útiles necesarios sin esperar investigaciones insulsas.
Iniciamos el proceso de lectura con el apoyo del diccionario, deteniéndonos en explicaciones necesarias de términos complejos y contextos difíciles, esas pausas colectivas hicieron que se metieran en el juego. Los que inicialmente llegaban a dormir sobre el texto vieron cómo los otros se contagiaban del ejercicio, al mejor estilo de la película La Ola — eso sí, sin final trágico—.
Todo el grado terminó comentando la novela, las risas y las lágrimas caían en las hojas borrosas por la calidad de la copia, pero representaban el valioso poder de las palabras, que pueden doler más que un golpe. Al final, los proyectos fueron maravillosos.
¿Pero qué tiene que ver Hilos Rojos con esta historia?
La verdad, antes de terminar de leer el libro le dije a René que quería escribir una reseña de su novela, ya que me había gustado mucho. Pero más que una reseña quise analizarlo en clave de maestro y el libro de René me llevó directamente a la actividad desarrollada con el de Mary Daza. Porque si hubiese sido escrito para esa fecha y conocido por mí, lo habría utilizado para la actividad. Estoy seguro de que los resultados habrían sido similares.
Hilos Rojos, por su ambientación, sería fundamental para entender las violencias que han afectado a las familias colombianas. Sin importar el bando son los pobres los que sufren y batallan las guerras de gamonales en el poder, pero estas mismas familias combaten la violencia citadina producida por la desigualdad y la pobreza.

Porque la violencia no nos abandona, muta para seguir afectando todos los aspectos de nuestra vida, y ese es uno de los papeles de la novela: evidenciar lo que nadie más quiere decir, contar lo que ya se dijo; pero no escuchamos o sencillamente caemos en los cantos de sirena de los que hoy quieren borrar el pasado a través de la masificación de las mentiras por las redes sociales.
El texto de René, de manera clara y sencilla, nos acerca a la historia de una familia que podría ser la nuestra, a través de una estudiante de licenciatura, con una tía soñadora en medio de una familia tradicional, que olvidó, como muchas, cuál fue su pasado traumático de la ruralidad a la ciudad. Tal vez por eso, porque la migración, más que por expectativa, fue para salvar la vida, son recuerdos que se buscan ocultar, porque la memoria es caprichosa y no olvida por convicción.
Es una radiografía certera de lo que significó para miles de ciudadanos que no pertenecían a las FF. AA. el Estatuto de Seguridad de Turbay —porque hay toda una historia oficial que lo justifica—, los convulsionados hechos que lo produjeron y la implementación a rajatabla de la doctrina del enemigo indeterminado.
Y aun así, cometiendo algún delito, nunca debió anularse la garantía de los derechos humanos que nos sacaron de la barbarie, esa que se ensañó con las muertes de miles de jóvenes muertos en los campos de batalla, pero sobre todo extendida de manera brutal contra el cuerpo de las mujeres, botín de guerra desde los anales de la historia.
Poder darle voz al profesor Darío Betancourt Echeverry de la Universidad Pedagógica Nacional o al abogado defensor de DD. HH. Eduardo Umaña Mendoza, mártires de la democracia de este país, es un ejercicio realmente reivindicativo para aquellos que no los conocen. Por eso, más que recomendar la lectura del texto, recomiendo el uso pedagógico en universidades y colegios.
Finalmente, en estos tiempos de oscuridad democrática en el mundo, donde las derechas llegan al poder a punta de mentiras, es indispensable contrarrestarlas con inteligencia y rigor. Los hechos narrados en Hilos Rojos pueden ser fácilmente contrastados con la realidad de la época contada, dándole al lector la sensación de una novela histórica, una novela que cuenta la historia reciente de un amplio sector de marginados del país, porque hay que decirlo sin filtro, si bien estamos hastiados de la guerra, sus orígenes están casi intactos y eso es lo que realmente alimenta este conflicto sin fin.



Es lo más hermoso que he leído!!! Definitivamente el profesor Omar es un artista 😍