No me dan pena los burgueses
vencidos. Y cuando pienso que van a darme pena,
aprieto bien los dientes y cierro bien los ojos.
Pienso en mis largos días sin zapatos ni rosas.
Pienso en mis largos días sin sombrero ni nubes.
Pienso en mis largos días sin camisa ni sueños.
Pienso en mis largos días con mi piel prohibida.
Pienso en mis largos días.
Nicolás Guillén (Fragmento)
El domingo en la mañana, el Diario del Huila, en sus redes sociales, viralizó un video en donde un docente universitario le comunicaba a su proveedor de víveres que no le compraría más sus productos, ya que, de acuerdo con sus convicciones políticas, no podía hacerlo, debido a que aquel “buen hombre” —como lo bautizó la prensa hegemónica— había votado por la opción política que amenaza con destripar a la oposición, de la que él hace parte, es decir: el desalmado profesor. Hasta ahí no hay nada cuestionable; sin embargo, la exposición del vendedor de la tercera edad desató la furia de la manada.
Varias preguntas: ¿qué pretendía el colega con la exposición del vendedor? ¿Es legítima una campaña de boicot? ¿Cuál debe ser la respuesta de un proyecto político progresista ante lo que se viene? ¿Cómo ganar la batalla cultural? ¿Cómo tramitar la rabia por la derrota? Esas y otras muchas preguntas vienen dando vueltas en millones de mentes colombianas después del domingo 21 de junio.
Empecemos por el principio. Todo individuo, independientemente de su nivel de formación académica, construye una subjetividad política, algo que se podría explicar como una forma de estar en el mundo: es el sujeto imbuido por las relaciones de poder existentes en su contexto, lo que hace que necesariamente se mueva en un campo político, en la toma de decisiones y las consecuencias de estas.
La subjetividad política no es un producto acabado o incólume; todo lo contrario, se alimenta día a día. Por eso uno ve uribistas arrepentidos y viceversa. En este contexto ubicaría la postura del docente universitario.
La decisión que toma no es un capricho o un arranque momentáneo de rabia; hace parte incluso de un derecho constitucional que no obliga a nadie a actuar en contra de su voluntad. Su error, a mi juicio, es el momento en el que publica el video como un ejemplo de lo que, desde su perspectiva y la de muchos, se debe hacer con el opositor político.
Ahora bien, la jugada salió mal, ya que, efectivamente, un asunto que podría establecerse dentro del ámbito privado de la transacción comercial pasó al ámbito público de las redes sociales, donde hoy los poderes hegemónicos se disputan lo que antes se llamó la famosa opinión pública —que estaba en manos de los grandes medios—.
Al cruzar la delgada línea del ámbito privado, sin el consentimiento del otro sujeto, se incurrió en una exposición indebida, que dejó en desventaja a quien no podía contraargumentar la posición, no había autorizado la utilización de su imagen y quedó en evidente menoscabo momentáneo, como todo en las redes.
Siguiendo la misma línea, lo cuestionable acá no es el ejercicio de elección de a quién se le compra o no y por qué, sino la forma en que se expuso al otro, quien reunía las características propias de un ser vulnerable: persona de la tercera edad y sin estabilidad laboral o pensional —aunque, de acuerdo con sus testimonios, podría ser beneficiario del bono pensional de este gobierno—.
Esto hace que el público en general vea al docente universitario en medio de un ejercicio de poder digno de cualquier burgués, tal como en el poema de Guillén del epígrafe.
Así pues, la digna rabia del docente por lo que sabe que vendrá: flexibilización laboral, depredación de recursos naturales, subordinación a poderes extranjeros, persecución de la oposición, criminalización de la protesta social, aliento al paramilitarismo y, por ende, pérdidas de vidas de inocentes.

¿Quiénes asumirán las consecuencias? Toda esa digna rabia se tramitó a través de uno de los eslabones más débiles de la cadena de producción, un integrante de lo que llamamos «pueblo», pero que, ya sea por convicción o engaño, votó por quien abiertamente defiende al rico.
Ahora bien, desde las redes, un grupo no pequeño de perfiles que se identifican como progresistas ha venido azuzando el inicio de una campaña de boicot en contra de personajes y negocios que apoyaron abiertamente la propuesta del destripador, algo totalmente lícito en el marco del Estado Social de Derecho.
El boicot es una herramienta de lucha que ha sido utilizada a lo largo de la historia por diferentes actores políticos. Una de las más recientes, y que lleva un largo trasegar, es el boicot a las empresas que patrocinan el genocidio del pueblo palestino.
La reflexión pertinente es a quién se le hace y por qué, ya que hay que analizar muy bien las consecuencias: en vez de debilitar al fuerte, se le hace daño al débil, fundamentalmente porque el proyecto progresista no distingue entre el pobre de izquierda o de derecha; su meta es sacarlos a todos de esa condición.
El problema es que, mientras eso se hace, se debe comunicar de manera agresiva y pertinente, y lo digo desde la perspectiva de que hace cuatro años se ganó el gobierno, pero no el poder.
Desde la posesión hasta hoy, Gustavo Petro fue atacado 24/7 por los medios masivos, los medios alternativos de derecha, influenciadores y todo aquello que pudiera generar un escándalo que eclipsara los logros conseguidos. Se aprovecharon de los errores, de las Julianas, de los trinos, de todo. Al final, ganaron la batalla cultural, mezclando la realidad de la cultura traqueta con la ficción de las noticias.
Se dejó en hombros de RTVC todo el trabajo, cuando los ministerios no lograron llegar más allá de los nichos de impacto. No hubo una estrategia de propaganda diferente a la que se le ocurría al presidente. Muchos no entendieron lo que significó recuperar las horas extra o el recargo nocturno.
Es tal el nivel de alienación de algunos trabajadores que les faltó entonar la canción de Facundo Cabral que dice: “pobrecito mi patrón”. O, por ejemplo, es casi invisible el aumento significativo de los recursos que les llegan directamente del MEN a cada colegio para mantenimiento, cuando durante 20 años venían disminuyendo. Son hechos históricos que no fueron interiorizados ni comunicados asertivamente por el gobierno.
Finalmente, está documentado que el destripador llega al poder con una amplia campaña de mentiras y generación de miedo, con la promesa de borrar la oposición. Aunque muchos de sus seguidores —amigos y familiares nuestros— planteen que son solo bravuconadas de alguien que va a gobernar muy diferente, tan diferente como empezó la patria milagro con designaciones de cuestionados y viejos personajes de la política colombiana, que sabemos no escatimarán acciones para beneficiar al gran capital extranjero y nacional.
Todo eso genera esa digna rabia que debe ser encauzada hacia la construcción de una oposición organizada, seria y, sobre todo, sustentada en los valores que no tiene la manada. No se trata de quién odia más a quién —de tanto combatir al monstruo nos convertimos en él—.
La reconfiguración del progresismo colombiano pasará por una rápida introspección que tenga como eje fundamental la autocrítica, la formación, la organización y la acción para resistir estos tortuosos años.


