Quiero empezar esta reflexión contándole al lector desprevenido que en mi trayectoria sindical y mi corto paso por alta dirección del Estado territorial siempre y sin titubeos he manifestado la necesidad de que los dirigentes vuelvan a la base que los elige, es más, no solo eso, sino he sido crítico a ultranza de las reelecciones indefinidas y eso es lo que quiero reafirmar hoy, porque no son conductas únicamente de las organizaciones de los trabajadores y trabajadoras, es una tendencia en los más variados escenarios de la sociedad.
Al renunciar al cargo de secretario de educación del departamento del Magdalena, los amigos y enemigos (estos últimos no pueden ver más allá del cálculo político) esperaban que no volviera a tocar el aula, inmediatamente recordé la conversación que sostuve con un curtido dirigente sindical, al cuestionarlo por su defensa a ultranza de la reelección indefinida en el sindicato cuando precisamente luchábamos contra la reelección de Uribe, él argumentaba que formar un cuadro en la izquierda era un proceso muy largo y complejo, como para perder esa experiencia en la base.
Algo de eso tenía sentido, lo paradójico de la respuesta es que no había escasez de cuadros, ya que en su colectividad había una larga fila de sucesores esperando la oportunidad. Estas son las contradicciones que se desarrollan en el seno de las organizaciones de los trabajadores y trabajadoras, combatíamos algo hacia afuera pero permitíamos lo contrario al interior, gracias a la persistencia y coherencia de los diferentes grupos organizados al interior de los sindicatos se logró acabar con ese adefesio en la ADE y FECODE.

Ese fue un pequeño paso hacia la profundización de la democracia interna de las organizaciones políticas, ya lo planteaba en un desayuno el histórico Adalberto Carvajal —ex presidente de Fecode y líder de la marcha del hambre—, quien reforzaba la idea de la incongruencia de las reelecciones indefinidas en los sindicatos y afirmaba que hasta el momento la única manera de relevar las direcciones sindicales era porque estos se retiraban por edad o por enfermedad.

Ahora bien, retomando el asunto de volver a la escuela, es imperativo manifestar que no fue una decisión improvisada o por descarte, era necesario cumplirle al magisterio de Bogotá y también al del Magdalena, al primero porque había confiado en mí para la dirección sindical y no fueron pocas las veces que me escucharon decir que el dirigente debía volver al aula, así fuera por periodos cortos, pero volver, porque creo que el dirigente va perdiendo la conexión real con las problemáticas de la base y su relación con los mismos cae en una lógica transaccional de “yo te ayudo pero votas por mí”.
Mi compromiso con el Magdalena fue diferente, porque ya no era el dirigente sindical sino el secretario de educación, me recibió un mitin de docentes que habían ganado el concurso y protestaban por demoras con su nombramiento, mi primera gestión fue acelerar ese proceso; pocos días después tuve el privilegio de acompañar su posesión en la Quinta de San Pedro Alejandrino casi 1000 docentes y directivos docentes, así como más de 400 colegas nombrados por sistema maestro durante estos dos años, a todos, sin excepción, siempre les recalqué la importancia de su labor, el privilegio de ser docente público y la necesidad del rescate pedagógico en el aula.

Volver a la escuela era una exigencia ética colectiva y un compromiso personal de coherencia, de esa forma, e inmediatamente después de mi renuncia, soy reasignado en el Colegio Marco Tulio Fernández de la localidad de Engativá, el primer día con mis estudiantes reajusté el lenguaje verbal y corporal para retomar el rol docente, recordé los padecimientos físicos de mis colegas (dolor de garganta por el esfuerzo continuo, cansancio por estar de pie la mayoría del tiempo, y dolor de cabeza ya no por el estrés del cargo, sino por la falta de costumbre del oído al ruido natural de la escuela).
No quiero sonar quejumbroso porque agradezco mi trabajo desde la perspectiva de derechos laborales, pero volver tiene un efecto directo en mi comprensión del mundo escolar, volví a sentir la emoción de mi primera clase en el sector público en el Colegio Orlando Higuita Rojas de Bosa, el cual no sólo escogí por cercanía, sino porque llevaba el nombre de un sindicalista asesinado de Barrancabermeja, esa decisión me permitió construir mi tesis de maestría sobre los lugares de la memoria y hacer una lejana amistad con el hijo de Orlando, nunca olvidaré sus palabras cuando manifestó que el colegio era el único acto de reparación concreto frente al magnicidio de su padre.
La escuela y la universidad pública me han dado todo lo que tengo y soy, por eso desde el aula de clase haré mi mejor esfuerzo para que mis estudiantes puedan tener una experiencia de aprendizaje con calidez significativa cada día, hasta que sea llamado a contribuir en otro escenario.
Posdata: debo confesar que no ha sido fácil, es tal el nivel de desaprendizaje de la profesión que el primer día regué la tinta del marcador.


