Ser docente en el contexto de hoy, y ese que vamos dejando con la hojarasca de nuestro trabajo incansable de enseñar y formar estudiantes en la línea divisoria de nuestra vida terrenal, es, sin duda, una de las funciones más importantes de la humanidad.
Siempre leemos y escuchamos aquella frase que va enmarcada con la presencia divina que dejó algún profe en nuestras vidas. De allí, claro, nace también lo que se dice en la calle: que nuestra profesión hace que nazcan y florezcan los demás profesionales. ¡Vaya! que gran responsabilidad la del educador desde tiempos inmemoriales.
Ahora bien, nuestro trabajo, según leí en un artículo en El Espectador, es una labor de bajo riesgo laboral, pero ¿en verdad nuestra profesión es así de sencilla como la hacen ver?, ¿acaso es solo ir al colegio, sacar marcadores, dictar contenidos, pasar listas y regresar a casa, así como así?
Bueno, creo que esa concepción equivocada de la profesión docente ha sido difundida en la sociedad y hasta se nos ha señalado como flojos porque se hacen marchas en defensa de nuestros derechos cuando se nos vulneran.

¿O es que dentro de ese rango de labor de bajo riesgo no clasifican las horas que permanecemos de pie en el aula, o ese lapso de tiempo que dentro de la institución llamamos descanso y que es solo para estudiantes, porque es cuando más se está alerta con lo que pueda pasar con ellos?
Sin mencionar toda la carga emocional que puede soportar un profe durante un año escolar, y es que es una realidad latente que se vive a diario en las instituciones educativas.
Es más, cuando aún llevamos la escuela a casa, esas dos horas de trabajo curricular complementario de planeación se quedan escasas frente al tiempo interminable que se puede dedicar a preparar una clase, organizar eventos y a la invención caótica de recursos, porque en la escuela en donde nos encontramos estos se encuentran en vía de extinción.
Retomando nuevamente nuestra “labor de bajo riesgo”, cito a esos profes rurales que viajan kilómetros para crear sociedad en los lugares más recónditos de la geografía colombiana, exponiéndose semana a semana a las infranqueables rutas que los llevan a la escuela.
Creo que quien dictaminó este calificativo no tiene la más mínima idea de lo que va detrás de ser docente en nuestro país y de todas las vicisitudes enmarañadas que contempla estar parado en el aula y ser el eje que hace que el engranaje de las nuevas generaciones tenga lugar, haga la diferencia y cambie la sociedad en la que se encuentra inmersa.
Querido profe, tu profesión es, sin duda, una de las más difíciles que conocemos, pues exige estar siempre en la línea escabrosa de los cambios inquietantes de las nuevas teorías de aprendizaje y de las tecnologías que acompañan a cada generación que se va formando.
Ser docente hoy en día puede compararse con la evolución prehistórica de las formas y estrategias de enseñanza, aquellas que se van relegando una tras otra hasta lograr consolidar una que responda a las necesidades de las sociedades cambiantes.


