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El malvado alcalde

El malvado alcalde

He estado echándole cabeza al título de esta reflexión sobre el primer mandatario de la ciudad y se me viene al pensamiento el de El malvado alcalde. Es el que tiene más proximidad con lo que quiero discutir con el lector o lectora.

El primer pronunciamiento de ese vocablo emergió de la mente de mí progenitora y de muchas madres y padres de familia campesinos, quienes ante cualquier diablura que un vástago hiciese, el llamado de atención era: ¡No sea malvado, no haga diabluras! Luego, la memoria desactivo el archivo del adoctrinamiento religioso recibido en la educación primaria y a la postre en el bachillerato, a través del catecismo Astete y la Historia Sagrada. Esa expresión fue: “lobo con piel de oveja”.

«El lobo con piel de cordero». Foto tomada de: https://www.bitgab.com/ejercicio/el-lobo-con-piel-de-cordero

La única maestra que le enseñaba a tres grados de primaria nos decía que se trataba de seres humanos pérfidos, disfrazados de ovejas, pero que por dentro son lobos rapaces, depredadores, como los que en las noches asaltaban las pesebreras, en las veredas, para engullirse a las ovejas.

Esa situación, pero en el trato humano, se percibe fácilmente en las relaciones de poder, comunicación y conocimiento del burgomaestre con sus enemigos de clase, principalmente con quienes militan forzadamente en la aporofobia, los trabajadores, los contradictores políticos y más cercanamente con el magisterio organizado en sindicatos mayoritarios.

Las reminiscencias familiar y escolar me trasladaron al libro de Esteban Cruz Niño, ex personero escolar e integrante de la primera Red Distrital de Personeros Escolares, hijo de una maestra, de las pocas que matriculan a sus hijos en colegios distritales. Este joven realizó una investigación antropológica sobre el infausto legado que han dejado, tras su pestilencia, sujetos como: el hombre fiera del panóptico de Tunja, el hombre de los Mangones, el hombre fiera, el  Dr. Mata, el monstruo de Tenerife, entre otros.

Son seres humanos con personalidades díscolas, extrañas y estrambóticas, de orígenes humildes, hombres formados en las entrañas de la infinita violencia colombiana, hijos despreciados, descalificados, maltratados, ultrajados y desalojados unos y autoexpulsados otros, de la familia y de la escuela. Consumidores de manera directa de lo que el psiquiatra Guillermo Carvajal denomina:pornografía de la agresión y de la violencia” en su libro Prioridad, pervertir a los niños.

Según los macro diagnósticos sobre salud mental realizados en los años setenta del siglo XX, para la Sociedad Colombiana de psiquiatría, el perfil del violento estaba ligado a la crianza en “un ambiente de extremas restricciones, que no le permitían su autorrealización”; sometido a un padre despótico y brutal y a una madre “martirizada e incapaz de darle afecto”.

Un niño que crecía (y siguen creciendo) con problemas de “difusión de identidad”, fuertes sentimientos de agresividad, rabia, pornografías del miedo, sexual, culpa y protesta reprimidas contra la figura de autoridad, como se lee en El niño: otro oprimido, que es una prolongación de la pedagogía del oprimido de Paulo Freire. Todo ello, en todo caso, dando paso al insólito mosaico de temibles asesinos denominados por Cruz: monstruos.

Pero el infortunado legado y la pestilencia no solamente la han dejado hombres de origen humilde, formados en las entrañas de la infinita violencia colombiana, hijos despreciados, descalificados, maltratados, ultrajados y desalojados y autoexpulsados de la familia y de la escuela, sino los perpetuadores, los autores materiales e intelectuales de la violencia, los que “han dado las ordenes”.

Han sido hombres y mujeres formados en el credo religioso, en valores, en el conocimiento y en el ejercicio del poder en universidades europeas y norteamericanas principalmente; es decir, han hecho parte de la tradición medieval del modelo de “espejo de príncipes” en los que filósofos, sujetos a la teología, a través de un manual de instrucciones, enseñanzas históricas, ficciones narrativas con función moralizadora o doctrinal y consejos, forman a nobles, reyes, príncipes, burgueses y burócratas para gobernar, a la patogracia de la que se ocupa Ricardo Silva Romero en su libro: Historia de la locura en Colombia.

En el caso de Colombia, la mayoría de los gobiernos, en la práctica, han ejercido el poder apoyados en la violencia, pese a que su discurso es de paz. Dostoievski, en Recuerdos de la casa de los muertos, declara que “hay hombres que nunca mataron a un semejante y, sin embargo, son peores que los que han asesinado a seis personas”. ¿Hay algún ejemplo para refutar o reafirmar lo expuesto por el filósofo, novelista, cuentista y periodista ruso?

El hombre gris

Además de la alusiones familiar, la del “lobo con piel de oveja” y los monstruos, pensé en “los hombres grises” evocando a Momo, en la novela de Michael Ende, los de la Caja de ahorros del tiempo, los que mientras permanecieran desconocidos podrían hacer su negocio, “un negocio difícil, sangrarles el tiempo a los hombres hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo… porque todo el tiempo que ahorran lo pierden…nosotros nos lo quedamos…lo almacenamos… lo necesitamos… lo ansiamos”.

Los que saben lo que significa el tiempo y lo chupan hasta la piel como acontece con la “jornada global”, “completa”, “extendida”. Los hombres grises que le perturbaron el pensamiento y se lo enajenaron al señor Fusi, el peluquero, indicándole cómo se ahorra el tiempo trabajando más de prisa: “en lugar de dedicar media hora al cliente, dedíquele un cuarto de hora.”, “evite las charlas innecesarias”. “La hora que pasa con su madre la reduce a media”, pero lo mejor, según los hombres grises sería “que la dejara en buen asilo, pero barato, donde cuidaran de ella, y con eso se habría ahorrado una hora”. “Quítese de encima el periquito”. “No visite a su novia, la señorita Daria, más que una vez cada quince días, si es que no puede dejarlo del todo”.

No reflexione, “deje el cuarto de hora que dedica a reflexionar, no pierda su tiempo en cantar, jugar, leer, imaginar, pensar y en estar con sus amigos. Le recomiendo, asienta un hombre gris: “que cuelgue en su barbería un buen reloj, muy exacto para poder controlar mejor el trabajo”.

¿Encuentras alguna relación de los hombres grises con la cotidianidad escolar, familiar, personal, citadina? Haz una pausa en la lectura y ponte en contacto con Mario Benedetti, no echar en saco roto que: “De vez en cuando hay que hacer una pausa, contemplarse a sí mismo, sin la fruición cotidiana, examinar el pasado rubro por rubro, etapa por etapa, baldosa por baldosa y no llorarse las mentiras sino cantarse las verdades”

El nuevo traje del emperador

No satisfecho con los repasos consignados y deteniéndome en los atuendos de hombres grises, me vino a la mente un cuento de Hans Christian Andersen: El traje nuevo del emperador. Según lo narra Andersen, el emperador permanecía metido en el ropero, guardarropa que en el mundo de los “sofistas modernos” es análogo a los negocios.

A él no le interesaban sus tropas, huelga decir, los ciudadanos, ni le atraían las comedias, algo así como la educación y la cultura, ni pasear en coche por el bosque. Le interesaba lucir sus nuevos trajes, pues tenía uno para cada hora del día. En una de esas salidas en público, en la procesión, quiso hacerle creer al pueblo que el traje que vestía era esplendido, un traje magnifico hecho con seda e hilo de oro.

Pero fue un niño, con la franqueza que identifica a los pilluelos, -evocando a Carlo Collodi-, como esos que a diario concurren a nuestras aulas quién, ante tanta algarabía y falsedad ostentó: ¿Cuál traje? “Si no lleva nada puesto” y el pueblo no tuvo otra opción que corear la frase del niño, pese a la reprimenda que recibió de su padre. El emperador se sintió inquieto, porque pensó que tenían razón, pero se dijo: “debo seguir la procesión”, como la sigue y seguirá el malvado alcalde, pese a la posible revocatoria del mandato.

Él traje de los gobernantes neoliberales está en los lenguajes que usan para engatusar y para confundir a la población. Muchos creen que lo que dicen es verdad; dicho de otro modo, creen que el burgomaestre si viste ese traje de la justicia, la libertad y la transformación de la educación.

A los educadores, como intelectuales, pedagogas, pedagogos y trabajadores de la cultura, nos corresponde desnudar esos lenguajes, apoderarse de la postura del niño en el cuento de Andersen o del africano, en El Conde Lucanor y su consejero Patronio, en el ejemplo de “lo que le pasó a un rey con los estafadores que tejieron la tela”: adentrándonos en el conocimiento de quién y quiénes nos gobiernan para poderlos confrontar y debilitar, tal como lo hacemos con los educandos no para debilitarlos ni confrontarlos, sino potenciarlos sabiendo quiénes son, qué les enseñamos, cómo y para qué, preguntas estas fundantes del saber pedagógico y de la praxis pedagógica.

En ese conocimiento, que todo educador debe tener de los educandos y también de los gobernantes, fluyen dos dimensiones: la primera, la dimensión psicológica del estudiante y la dimensión sociocultural.

El burgomaestre del cual se ocupa este escrito, según lo expuesto por su progenitora, exministra de Educación en el gobierno de Cesar Gaviria, en una entrevista de pública circulación, “era un niño tímido”. Un niño que contaba con todas las ventajas económicas, sociales, educativas y culturales de las que carecen la mayoría de los niños y niñas colombianos y colombianas.

El padre del malvado alcalde fue ministro de educación, a los 26 anos, en el gobierno de Misael Pastrana B., entre 1970 y 1972. Durante su gestión confrontó el “paro nacional universitario” gestado en defensa de la autonomía universitaria y la educación pública. Para el magisterio, Galán expidió el Decreto 223 de 1972 o Estatuto Docente, norma que cavaba la tumba para los pocos derechos laborales y políticos adquiridos por los docentes en Colombia.

César Gaviria y Luis Carlos Galán

El hecho incitó un paro nacional de maestros, que a pesar de las medidas que el gobierno implementó, para frenarlo, verbi gracia, la declaratoria del Estado de Sitio, la ilegalidad del paro, la amenaza de destituciones, que efectivamente sumaron más de un millar, cancelación de la personería jurídica a Fecode y a los sindicatos filiales que participaran, el magisterio no retrocedió, logrando la derogatoria del mentado decreto.

Como consecuencia de la contundente derrota, Galán renunció al ministerio para aceptar la embajada en Italia. De puño se puede acotar que Las 2 orillas publicó, en agosto 20 de 2019, una columna que amplía esta referencia y se pregunta: ¿Cuál es el legado de Galán, aparte de la huella y actuaciones dejadas en contra de los educadores colombianos? La columna tiene como título: Luis Carlos Galán, ¿el gran enemigo de la educación?

El malvado alcalde

Los lobos “con piel de oveja”, los monstruos, los hombres y las mujeres grises, el traje nuevo del emperador, entre otras características de quienes administran a la ciudad, encajan en la expresión malvado que se hace extensiva al plural, dado que no se trata de un solo funcionario sino de un colectivo, de una política, de una maquina demoledora, como la caracterizó el profesor Carlos Eduardo Vasco al referirse a la educación del siglo XXI.

Schopenhauer, citado en mi anterior artículo, recogiendo elementos de la psicología moral, sostiene que, “para el malvado, el mal ajeno no es ya un medio para la obtención de los fines de su propia voluntad, sino que constituye un fin en sí mismo.” Esto es clave identificarlo en el burgomaestre, para entender que las acciones realizadas en contra de la del Derecho a la Educación y específicamente al principio de Progresividad: “el fin justicia los medios” Los medios son adaptados a los fines incluso vulnerado Derechos Fundamentales.

Volviendo a Schopenhauer: “En el malvado la monotonía y el sentimiento de vacío provocan necesariamente un tormento, una ansiedad y un dolor incurables; entonces el malvado buscará por medios indirectos la calma que es incapaz de encontrar directamente y habrá de consolarse de sus padecimientos con el espectáculo del dolor ajeno, en el cual reconoce también la expresión de su propio poder”.

Las manifestaciones de la maldad son infinitas: la envidia, el narcisismo, la ira, la venganza, la antipatía, la mentira, la violencia, entre otras. El atractivo personal, la simpatía, el carisma, la inteligencia, el reconocimiento, el carácter, el prestigio y la popularidad social y hasta la capacidad de amar, a veces son blanco de la maldad.

Carlos Climent, profesor del departamento de psiquiatría de la universidad del Valle, en su libro: La locura lúcida, alude a la maldad en estado puro resaltando la envidia como un trastorno en el que el malvado o la malvada escoge el único camino que tiene disponible: la arbitrariedad, el abuso de poder, el sadismo, la zancadilla, el descredito a través de comentarios mal intencionados, como los que hemos escuchado y leído en los medios de comunicación que están a su servicio.

La distorsión acerca de los 182 días de clase no trabajados por estar en manifestaciones o paros, es uno de los tantos ejemplos. de malevolencia.

Maestras y maestros bienhechores

En La historia de un caracol que descubrió la lentitud, su autor, Luis Sepúlveda, pone en dialogo a dos personajes vilipendiados por ser lentos: la tortuga con el caracol rebelde. En ese dialogo el segundo, acaballado en la coraza de la tortuga, le pregunta: ¿para dónde vamos?

Memoria, nombre con el que identifica a la tortuga, enseguida discute: la pregunta no es para dónde vamos sino ¿de dónde venimos y más concretamente ¿de dónde viene el malvado alcalde? ¿de qué contexto familiar, político y económico proviene el burgomaestre? Ya se registró: es el hijo de dos exministros de educación que han atacado al magisterio, que con sus políticas le han hecho daño a la educación pública. Y ahí estamos afrontando y confrontando su malevolencia.

Y ¿para dónde vamos?

Seguimos descubriendo las posibilidades para la esperanza, sin la cual poco podemos hacer, porque difícilmente podemos luchar sin ella. “cuando lo hacemos desesperados o desesperanzados, es decir, con la esperanza distorsionada o con la dirección perdida, es la nuestra una lucha suicida”, apunta Paulo Freire.

Necesitamos la esperanza critica como el pez necesita el agua incontaminada para vigorizar la existencia. Michael Ende, en otra de sus obras, La historia interminable, nos lo advierte, a través del niño guerrero del reino de Fantasía, quien lucha a brazo partido contra esa criatura oscura, astuta y aterradora que actúa como agente de la “nada”, contra Gmork que es más que una bestia salvaje, verbi gracia como el malvado alcalde y su maquinaria demoledora.

Frente a la pregunta del agente de la “nada”: ¿por qué́ está muriendo el reino? O, en el aquí y en el ahora, ¿por qué está aflojando la lucha y la resistencia nuestra comparada con la lucha que libraron los docentes del siglo pasado? La respuesta del niño gurrero del reino, será: »porque los humanos están perdiendo sus esperanzas y olvidando sus sueños». Así́ es como la peste o la política neoliberal se vuelve más fuerte.

La encomendación de la criatura astuta, oscura y aterradora, malvada, hija de dos exministros de educación, apoyado en los empresarios, en los medios de información, en sus áulicos y en la máquina demoledora, es: “ayudar a la nada, porque el humano sin esperanzas es fácil de controlar, y aquel que tenga el control, tendrá́ el poder».

¡Nosotros tenemos poder, tenemos control!, ¡somos seres de luz y esperanza! El magisterio es un escenario de esperanza en tiempos aciagos, de dificultad como los que nos sacuden. Pero claro, no faltan los pesimistas que creen que estamos en el peor de los mundos, en el infierno.

Somos un fue y un será, y un es. Los optimistas creemos que, para ascender al paraíso como lo hizo Dante Alighieri desde el infierno, o el filósofo de otra parte, Gonzalez Ochoa, al atardecer del viaje por el Nevado del Ruiz, bien como peregrinos, como turistas o como expulsados, la situación todavía puede empeorar: empero, el ruido de los pájaros nos guiará para llegar bien al destino que estamos forjando, como le ocurrió a Melquiades y a los gitanos; o el vuelo de las aves, el junco verde y la caña que le indicaron al almirante de las indias que estaban llegando, no al Japón, sino al paraíso. En todos los casos, particularmente en el nuestro, luchando sin desespero y sin desesperanza.

José Israel González Blanco
Docente Orientador IED Nuevo Horizonte. Correo electrónico: [email protected] senderopedagogico.blogspot.com
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