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Cuento «El Recodo del Higuerón»

Agosto 13 de 2021
2:00 am

El perro había ladrado toda la noche, sin ninguna razón aparente o justificada, por mucho que intentó calmarle haciendo uso de varios recursos y artimañas, no lo logró, eso le trasnochó. El termo de café que había preparado desde la tarde anterior por si acaso algún visitante inesperado llegase, lo consumió pocillo a pocillo y casi sin darse cuenta lo alcanzó la madrugada, una madrugada tan pesada como su noche anterior y con el ladrido del perro como compañía.

Solo que esta vez ladraba con entre cortadas pausas, se la había pasado en su butaca recostada a la pared de la cocina y donde compartía momentos de charlas con su finada esposa, calzó sus viejas sandalias de tres puntadas y suela de llanta, elaboradas por él en sus pocos momentos de ocio.

Destrancó la puerta de la cocina y se dirigió al sitio donde amarraba al perro, para que en la noche no se alejara del gallinero y así poder estar seguro que las cuidaría de las constantes perdidas, el cuello del noble animal sangraba por las escoriaciones que la había causado la cuerda durante su lucha por zafarse en toda la noche.

Se lamentó de la caótica situación del pobre animal, acariciándole la cabeza y con un mecánico movimiento lo liberó de su atadura, el animal corrió despavorido hacia el portillo de la entrada y de un salto rebasó la talanquera, continuando por el camino que comunicaba con la vía principal, perdiéndose de vista en El Eecodo del Higuerón, como conocían a la última curva del camino y que daba por nombre a la finca de su propiedad: EL RECODO DEL HIGUERON.

Entre dientes murmuro – ¿que habrá pasado que salió como alma que lleva el diablo? Así hacia cuando mi esposa llegaba de viaje, salía a recibirla a la entrada del camino, reviso el gallinero, contando los animales y recogiendo los huevos de la postura de la noche anterior.

Fue entonces como de manera mecánica se aseó la cara y la boca antes de preparar el café para el consumo del día, luego se sentó en el taburete del portillo a esperar a sus ya pocos trabajadores, a los cuales luego del protocolario saludo les entregaba una taza de café y les ordenaba realizar las labores del día. Cabe destacar que siempre eran las mismas y él siempre terminaba diciéndoles, –¡para que no se te olviden, carajo¡

Todos notaron la ausencia de su compañero fiel pero ninguno pregunto sobre el can, en sus pasos hacia la cocina y por tener que pasar frente a la entrada del gallinero, notaron la sangrante cuerda y las manchas dejadas en los alrededores, – ¿Qué habrá pasado aquí? se preguntaban todos.

Rosita, su ama de llaves por muchos años y quien oficiaba en labores varias sonó la campanilla para anunciar la hora del desayuno, fueron llegando uno a uno los labriegos y él, todos extrañaron su ausencia en la cabecera de la mesa.

Esta vez llegó de último y sin el perro fiel, el ambiente estaba pesado, un silencio casi sepulcral se sentía en el espacio, desde el fin de semana pasada se había anunciado por la radio la presencia de un frente de tormenta en todo el caribe, lo que generó lluvias y cielos nublados durante los últimos cuatro días, pareciese que el cielo se caería a chorros y el sol canicular de siempre se encontraba de vacaciones por otros contornos.

El, a diferencia de los otros días no pronunció las palabras de agradecimiento a Dios, iniciaron a desayunar en silencio y de la misma manera se levantaron de la mesa, solo realizaban un ademan en forma de venia, a lo cual él solo emulaba, regresaron en silencia a sus labores y esa mañana no compartieron el segundo tinto del día, dejándolo servido en el mesón de la cocina donde depositaban los trastes sucios del desayuno.

Muy a lo lejos se seguía escuchando y casi como un murmullo el ladrido lastimero. El perro se lo habían dado a su esposa como regalo de cumpleaños, unos días después de nacido era el resultado de un lobo siberiano y una perra criolla, de la camada de cinco perros, todos machos. Solo ese había sacado las características de su padre lobo, el pelo cenizo, los ojos azul intenso con un borde blanco, el hocico prominente y fuerte, unas patas grandes.

Al crecer parecía un clon de su padre, la perra era ya vieja y ese fue su último parto, el lobo lo había traído a la finca un viejo amigo alemán que llegó de paseo con su familia, se habían conocido cuando compartían labores como marinos mercantes, esa semana de permanencia se había convertido en las vacaciones que hacía muchos años no tenia y sin salir a ningún lado.

Él atendía a su amigo y su mujer al resto de la familia, él y su amigo se levantaban muy de madrugada y salían a caminar los cultivos de café y cacao de la extensa finca, sus conversaciones se tornaban tan amenas que desde que se encontraban en la madrugada hasta la hora de acostarse mantenían una sonrisa que a veces se tornaban en carcajadas, tan fuertes y sonoras que sorprendían a ambas esposas, pues estas nunca les habían visto tan contentos y joviales, siempre mantenían una actitud austera y seria en sus rostros.

-vea usted¡, murmuro la esposa de él
– lo desconozco completamente, respondió la esposa del alemán
– deberíamos mudarnos a vivir con ustedes para disfrutar más la felicidad de papá, comento la hija mayor del alemán.

La despedida fue tan efusiva como la llegada, abrazos y promesas de visitas mutuas acompañaron la partida, sobra decir que llevaron consigo café y chocolate elaborados en la finca como para consumir los próximos dos o tres años.

Después de esa semana todo volvió a la normalidad y unos meses después en la casa principal del campamento donde pernoctaban los labriegos contratados para la faena de recolección del café y debajo de una de las camas del rincón, parió la perra.

A todos sorprendió el recién nacido perro lobo. Al día siguiente él se comunicó por e-mail con su amigo alemán para informarle del suceso y de manera jocosa reclamarle la paternidad del perro, días después recibió la respuesta, -el perro lobo se lo obsequio a su esposa por motivos de su cumpleaños, solo les pido que le coloque por nombre Alemán.

Cuando la perra destetó la camada, Alemán fue trasladado a la casa principal y dormía a los pies de la cama matrimonial, muy a pesar de ser ella la dueña del perro. Éste permanecía siguiéndole los pasos a él, menos cuando salía a esperar en la vera del camino a la llegada de la señora cuando ésta retornaba del pueblo, lo cual siempre sucedía los fines de semana con feriados incluidos.

Ella vivía en la casa del pueblo y él nunca salía de la finca desde su retiró como marino mercante. Con sus ahorros compró la finca y se auto-asiló en ella para administrarla. La casa del pueblo la había heredado de sus padres junto con la bodega de café donde aprendió de niño todo lo relacionado con la siembra, recolección, tratamiento y comercialización del café.

El almuerzo fue igual de austero que el desayuno, solo con una leve diferencia, – consideraré una ofensa si me dejan preparado el café, esta mañana me lo dejaron servido, ahora se lo sirven ustedes y cada uno lava su pocillo, les reclamó Rosita con voz seria y subida de tono. Obedecieron la orden sin hablar y de un solo sorbo se bebieron el café en silencio.

Él presentaba una leve ceguera como producto de una retinitis pigmentaria que se le venía agravando cada día más la cual le generaba sensaciones que le causaban confusión, como por ejemplo, cuando reposaba el día sentado en su taburete, muchas veces lo alcanzaba la noche al golpe de un tinto que Rosita le dejaba junto a su pocillo en el marco de la ventana.

Cuando el cielo estaba claro y sin nubes murmuraba en voz suave –otro lucero, con éste han pasado varios, parece una guerra de meteoritos, sus acompañantes ocasionales miraban el horizonte y no alcanzaban a ver nada, muy a pesar de él señalarle el presunto sitio donde se trazaba su trayectoria–. Es el de las 7:00 pm apuntaba con seguridad.

Por los años vividos en el campo desde su auto retiro, había desarrollado su sentido del oído, hecho que sorprendía a los visitantes ocasionales a su finca, sobre todo en época de cosecha del café, con quienes departía hasta altas horas de la noche un delicioso café y en muy raras oportunidades, un añejo trago de wiski de fino buqué, botellas que le enviaba su gran y único amigo alemán como regalo de cumpleaños, hecho que destacaba como reconocimiento al bello detalle de su hermano en Alemania, como cariñosamente lo trataba, solo comentaba eso y no decía nada sobre sus aventuras juntos como marinos mercantes, eso era privado y de tratamiento solo entre ellos.

-​Los muchachos y la niña te envían saludos y te mandan a decir que cuando les visitas, era la frase de saludo casi que protocolaria a la llegada de su esposa, él les respondía con otra igual – mi tiempo no me lo permite, sabes que la finca no la puedo abandonar ni un segundo, además ellos tienen más tiempo que yo para visitas ya que en sus trabajos y estudios les conceden vacaciones y sabes que yo no tengo esos lujos.

-​El próximo sábado le realizaran la cesaría a la niña, ella te manda a decir que le gustaría que estuvieras a su lado, le comentí su esposa.

-​Estate tranquila mujer, que voy a hacer allá? Acaso soy médico? Dile que cuando pueda me visite y se pase unos días acá en la finca, así podré conocer a mi nieto y mostrarle todo lo que heredara, comento alejándose a sus labores y volteando en el umbral de la puerta del patio le grito – gracias por su nueva visita señora de la casa, a lo que ella le respondió – gracias a usted por tener el honor de recibirme, señor de la finca

Esa era la única conversación que tenían durante su estancia pues dormían en estancias separadas por mutuo acuerdo

Se escucharon múltiples detonaciones a lo lejos que alarmó a todos los presente en El Recodo del Higuerón, luego de ello no se volvió a escuchar el ladrido de Alemán, pero eso pasó desapercibido.

-​Hacía rato no se escuchaban esas vainas, comentó a sus trabajadores
-​Así es patrón, comento uno de ellos
-​Ya están jodiendo otra vez esos desgraciados, comento otro
-​Se venían escuchando rumores que de un momento a otro volverían por estos lares, no creíamos que fura cierto, comento otro
-​Vamos muchachos y acompáñenme hasta el recodo del higuerón, esa parte es alta y podemos ver que está pasando.

Sacando su escopeta, cargándola con cinco cartuchos y llevando en sus bolsillos dos cargas más, les dijo a sus empleados, – traigan sus machetes y un garrote cada uno por si acaso.
Aceleraron los pasos y llegaron al recodo del higuerón en tiempo record, cuál fue su sorpresa al encontrar al perro Alemán tirado en medio de un charco de sangre gimiendo de dolor. Una bala le había alcanzado accidentalmente.

-​Carajo, que vaina no, ahora entiendo el porqué de su ladrido toda la noche, este animal presentía lo que se venía, gracias a Dios fue lejos de acá.
-​Ayúdenme a llevarlo a la finca, nada hay que ver, ya no se escucha nada.

Alemán llego sin vida, procediendo a sepultarlo al lado del rosal, sitio donde se depositaban los desperdicios de comida para que sirviesen de abono a las matas.

Un silencio los embargo a todos, eran pasadas las tres de la tarde.

-​Váyanse muchachos, acá ya no hay más que hacer el día de hoy, las horas que faltan me las pagan después. En la noche le comunicó a su amigo en Alemania lo sucedido y éste le respondió con la promesa de hacerle una visita pronto y llevar consigo a Lobo.

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José Virgilio Franco Bandera
Barranquillero de nacimiento, cienaguero por adopción, licenciado en educación, especialista en educación física, especialista en evaluación educativa, técnico profesional de fútbol sala y playa, docente en ejercicio. Correo electrónico: [email protected]
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