Esta, una pregunta que aparece (y a veces se desvanece) en los debates académicos y en los comités curriculares, es una inquietud que también tiene lugar en la cotidianidad de nuestro país. Posiblemente no de manera directa ni constante, surge quizá de forma esporádica, curiosa o retadora.
Considerando que no existe respuesta unívoca y, buscando una alternativa para no evadir el interrogante y convocar a la profundización, se podría decir que:
Pensar la enseñanza de la filosofía implica partir de alguna de las concepciones de esta. Hoy existen varias, elaboradas según contextos (sociales, culturales, políticos y geográficos), períodos históricos y autores/as. Aunque, imperan concepciones enmarcadas en la tradición “universal” de la filosofía, que corresponde a la historia de la tradición filosófica europea (la cual no comprende a todo el continente, sino a algunos de sus países).
Con ello, se afianzan algunas nociones sobre la filosofía (entendida como ciencia y pensamiento crítico mayormente) que en la actualidad hacen parte muchos currículos educativos del mundo. Sin embargo, la enseñanza y el aprendizaje en esta área no siempre están centrados propiamente en atender y fomentar la praxis que deviene de tales concepciones, sino más bien, en la revisión histórica de la filosofía en el hemisferio eurocentrado. De ahí que, cabe preguntar si enseñar filosofía dista de enseñar a filosofar.
Ahora bien, sin ánimo de huir a los aportes de la tradición ya señalada, y yendo al aspecto etimológico de la filosofía, cuyo origen se adjudica a Grecia y se narra desde Occidente, la cuestión puede responderse en clave mundialista (porque “universalista” desborda el lugar que habitamos como humanidad).
La palabra Filosofía proviene de las raíces griegas φίλος (amor) y σοφία (sabiduría), así φιλοσοφία (amor a la sabiduría); desde aquí más que pensar la filosofía en el marco de una sola corriente de pensamiento y lo que acaece con este, se piensa como un ejercicio mismo propio de las capacidades y habilidades humanas.
Amar el saber implica disposición, interés, profundización, deseo, dedicación, disfrute, gozo, prácticas, entre otras actitudes y comportamientos frente a aquello de lo que se quiere saber. Enseñar filosofía como ejercicio, o enseñar a filosofar, se vincula entonces con fomentar todas esas actitudes y comportamientos, no sólo en la asignatura de filosofía, sino ante los conocimientos que respectan a otras áreas académicas y la vida misma.
¡Atención! Aquí no se piensa la filosofía como una herramienta o complemento para robustecer el currículo educativo y apalancar otras asignaturas, y mucho menos como un asunto que solo tiene cabida en el famoso mundo de las ideas, más bien se piensa como un quehacer humano que en el aula ha de ser practicado para propiciar la destreza en él.

Es cierto que la filosofía favorece a forjar un pensamiento crítico o a investigar científicamente, pero también se tiene la idea (eurocentrada) de que contribuye al ser racional de las personas.
No obstante, bajo el aura eurocéntrica dicha racionalidad ha excluido parte de la humanidad, desconociendo con ello que las diversas culturas, pueblos y comunidades aman la sabiduría, una sabiduría propia y particular (a fin con sus intereses, necesidades y preocupaciones) que orienta sus formas de ser y estar en el mundo, y que a veces coincide con intereses/necesidades/preocupaciones humanas.
Así, es posible considerar que es común a los/as humanos/as el amor por diversas sabidurías. Y de paso afirmar (con precaución) que todas las culturas, pueblos y comunidades hacen filosofía, no necesariamente ceñidas al canon de la versión “universal” de la filosofía, y ni siquiera nombrándole como tal.

Hoy, las sociedades se desenvuelven desde dinámicas que buscan simplificar y agilizar todo, por ejemplo: el conocimiento, la información y la interacción humana con el mundo. Esto conlleva a unos modos (facilistas y hasta fugaces) de relacionamiento entre las personas y el conocimiento que pueden forjar de lo que les rodea, y por qué no, a unos desintereses e indisposiciones ante la vida.
Hoy no se tienen que atender y “sobre-pensar” las inquietudes si se está a una googleada de desaparecerlas. Entonces, conviene enseñar filosofía hoy como un acto de resistencia al letargo de la capacidad y habilidad humana de amar la sabiduría singular y colectivamente. Enseñar filosofía hoy (aún) para no perder la autonomía ni ceder el derecho a querer aprender/conocer, para no desinteresarse de comprender el mundo e incidir en él, o para no indisponerse cuando la realidad aquí requiera la transformación de prácticas humanas.


