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domingo, agosto 9, 2026
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Viviendo con el enemigo

Todo empezó cuando regresé a Bogotá para volver al aula, después de dos arduos años de trabajo fuera de la ciudad. Estuve desempeñando un cargo demandante y agotador en la  ardiente costa caribe.  Al aterrizar, como de costumbre cuando se cambia de clima, sentí  una molestia en la garganta. Me toqué el cuello. Tenía una inflamación en lo que yo consideraba la amígdala.

Fui al médico sin ningún tipo de expectativa. Esperaba recibir medicación para una enfermedad corta y común. La doctora que me atendió palpó mi garganta con extrañeza, y  habló con preocupación.

—¡Tiene una infección fuerte!…  Pero, además, no me gusta el tamaño del nódulo. No  parece ser la amígdala—

También la miré, pero respondí a su preocupación con algo de angustia disimulada, en ese tono que usamos en el medico para hacerlo participe de nuestros dolores. —Y ¿Que  hacemos Doc.?

Me ordenó una ecografía para revisarlo. Ahora se involucraba una nueva extraña, la  radióloga que compartió la preocupación de su colega de medicina general.

—No me gusta esa inflamación—

—Ya somos tres: usted, la médica y yo­— Algo de humor tal vez aliviara la tensión.

Ahora, debía ir donde otro extraño, aun mas encumbrado en el culto de Hipócrates, en el oficio de Galeno. El internista, como si le hubieran llamado previamente para ponerse de  acuerdo, me arrojó al precipicio de la duda, y mientras caía veía en el fondo lo guijarros  afilados del miedo.

—No me gusta cómo se ve esa inflamación. Puede ser otra cosa. Ve al cirujano de cabeza y cuello—

Esta larga cadena de matasanos preocupados y remitiendo mi caso a alguien cada vez más experto no me daba buena espina. Y como para variar este nuevo gurú volvió a dudar  antes de dar un veredicto.

—Esto no me gusta nada— Nuevamente su mirada de preocupación fue respondida por mi angustia y mi pésimo humor.

—La verdad a nadie le ha gustado Doctor—

Con la parsimonia de quien tiene el poder para desesperar al otro, ordenó una biopsia con aguja. Una verdadera tortura medieval. Leyó el resultado, y para mi sorpresa ordenó que me repitieran el tormento, pero esta vez con aparatos y técnicas más precisas y más  dolorosas.  En el segundo resultado arqueó las cejas, me miró por encima de unos lentes gruesos y opacos. Me dijo que al principio dudaba que fuera cáncer, pero que ahora estaba seguro. Ahora era él quien se apropió de un pésimo sentido del humor.

—Si camina como pato y grazna como pato, pues no es una gallina. Esto no es una amigdalitis, hay una alta probabilidad que usted tenga cáncer— Pronto recibí el resultado de la biopsia: positivo para un linfoma no Hodgkin. Inmediatamente, el cirujano de cabeza y cuello me remitió al hemato-oncólogo.

Ya había llegado al fondo del precipicio, ya el miedo había hecho presa en mí. Dicen las estadísticas que en el país hay menos de seiscientos especialistas para este tipo de cáncer, y que por le menos unos 75.000 pacientes necesitan su atención al año.

El hemato-oncólogo era un hombre maduro que me explicó el proceso de atención de estos casos y ordenó tres exámenes para determinar el estado de la enfermedad: un PET scanner, una biopsia de médula ósea —que realmente es algo muy doloroso si no se hace con anestesia— y un examen de sangre para determinar si había algún virus en mi organismo que pudiese haber desencadenado la enfermedad.

Los resultados fueron alentadores en medio de la noticia que significaba tener cáncer. La médula estaba limpia y el organismo no presentaba virus. El cáncer estaba en estadio II, con afectación en la amígdala, los ganglios del cuello y la úvula, la campanilla de la garganta. Había una posibilidad de curación del 96 % y el tratamiento sería un R-CHOP de seis ciclos de quimioterapia.

Miedo, angustia, terror y dolor se juntarían luego. Empezaba la ruta oncológica.

Cada 21 días, sin falta, debía acudir a semejante suplicio. En la sala desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde envenenaban las células del cáncer, y de paso me envenenaban a mí también. Paradójico: que te envenenen para curarte. Pero no hay otra forma.

En medio de todo esto entendí por qué se cae el cabello. La quimioterapia ataca las células que se desarrollan rápidamente y, por eso, se va el cabello. Las mucosas también se ven fuertemente afectadas. De los seis medicamentos que aplican, solo uno, me decía el hemato-oncólogo, es inteligente. Es decir, ataca directamente las células cancerígenas. Los otros, como se dice popularmente, acaban hasta por el nido de la perra. Por eso los efectos secundarios de la quimioterapia, que no se los deseo ni a mi peor enemigo, son bastante fuertes.

Y, si bien cada organismo reacciona diferente, es una constante el dolor indeterminado por todo el cuerpo, las náuseas incontrolables y la agudización negativa de los sentidos. Todo molesta: la luz, el suave rose de la piel, los ruidos, los olores.

Las actividades más básicas, más humanas, se convierten en tortuosas rutinas: comer, dormir, evacuar el estómago o los riñones. Con todo este dolor volvemos a ser conscientes del cuerpo, literalmente, porque no lo controlamos.

La necesidad de hidratarse se convierte en imperativa, pero el agua empieza a tener un horrible sabor. El cuerpo debe eliminar todos los químicos a los que ha sido expuesto a través del hígado, los riñones, la médula, los intestinos, el estómago y la garganta. Todos los sistemas se ven afectados Hay que programar temporizadores para poder tomar  pequeños sorbos cada quince minutos o cada media hora, y permitirle al cuerpo obtener ese líquido, a pesar de que la sensación sea totalmente desagradable.

Alguna vez me dijo un estudiante que el futuro de la curación del cáncer está en la nanotecnología: nano robots que ataquen, sin error, las células declaradas en rebeldía, evitando los daños colaterales. Hoy, son esos son los daños que aún no podemos evitar.

Todo ese martirio para lograr la tan anhelada remisión de la enfermedad. Al final, lo único que motiva es esa luz al final del túnel. Y es entendible la desesperanza cuando el milagro no llega o cuando el diagnóstico no es sano ni muy alentador. Y, cuando la remisión llega, lo único que uno espera es que la enfermedad no reaparezca, porque puede pasar.

Pero el futuro no es predecible. La enfermedad puede reaparecer.  Solo queda seguir las recomendaciones para recuperar el organismo, recuperar los órganos afectados y continuar con la vida. Ojalá con más sentido que antes.

Esta enfermedad trae aparejada otra arista filosa, aguda. El cáncer se convierte en un padecimiento colectivo. No se sufre individualmente. Se extiende emocional y psíquicamente a quienes te rodean, a quienes te quieren y te aprecian. Aunque tal vez genere algún tipo de satisfacción morbosa en aquellos que te odian o te desprecian. Pero, nadie puede ser tan despiadado como para desear este suplicio a otro.

Finalmente, termino con el principio: pregunté por el origen de la enfermedad. El médico me dijo:

—Hay 30.000 causas, pero, a ciencia cierta, no sabemos. Es muy probable que, en su caso, haya sido el estrés.

Ese otro enemigo silencioso que termina con más vidas que la guerra.

Yo tuve la oportunidad que no tuvo mi madre: una detección pronta y un tratamiento con gran celeridad. La pobre vieja vivió el cáncer como una sentencia de muerte injusta para una mujer buena. Durante muchos años fue madre comunitaria y ayudó a cientos de niños y niñas pobres de la localidad de Bosa. Todavía nos preguntamos por qué ella no tuvo esa oportunidad.

Así que dediqué este tratamiento a ella.

Vivimos en un mundo terriblemente cruel y despiadado. No nos queda otra cosa que seguir adelante, seguir luchando y vencer, en todo el sentido de la palabra. No solo vencer la enfermedad y ahuyentar la visita de la muerte, sino hacer de este mundo un lugar mejor.

Yesid González
Magister en Educación. Docente SED. Exsecretario de Educación del Dpto del Magdalena. Correo: [email protected]
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