A mí la guayaba me recuerda a dos personas muy especiales.
La primera es mi madre. La guayaba siempre ha sido una fruta muy barata en Colombia, así que en casa, donde solo había un adulto proveedor, tocaba llevar todos los días a la escuela jugo de, sí, señoras, de guayaba. Ahora, de adulto, no puedo tomarlo porque me ralentiza el sistema digestivo, así que lo evito. Sin embargo, me fascina la limonada de guayaba agria que se consigue en uno de esos restaurantes que quieren emular la comida criolla.
Para variar un poco, mi madre también hacía un dulce de guayaba delicioso para comer con galletas de sal. Era el mejor postre después de un almuerzo hecho en casa, de esos que uno anhela ahora, cansado de tantos restaurantes —buenos y malos— que nunca igualan la sazón de mamá.
La segunda es mi abuela, que, con todo respeto, era muy parecida a Aidita —una de mis dos directoras de tesis del doctorado en Cuba—. Tal vez por eso, inconscientemente, crece de manera volcánica mi cariño hacia la isla.
Mi abuela, una mujer que parió 16 hijos y dedicó toda su vida a criarlos, además de cuidar a nietos y bisnietos, era una matrona en todo el sentido de la palabra. El abuelo huía con temor ante su furia. Nunca la escuché quejarse, a pesar de la inmensa pobreza del campo colombiano. Remendaba la poca ropa y reutilizaba todo lo que podía.
Las vacaciones más felices de mi vida fueron en el campo del sur del país, en medio de la exuberante belleza de la cordillera Occidental, al lado del río Baché. Allí, en una casa de bahareque, mi abuela cocinó toda su vida con leña. Al final, el humo de aquella leña terminaría matándola lentamente, sin que hubiera fumado un solo cigarrillo.
En esa pequeña finca que los abuelos heredaron de sus padres, la guayaba no se cultivaba: simplemente existía para que los nietos consentidos llegaran de la capital a jugar, recolectar y comer sus frutos, saltando entre chirimoyos y aguacates. Fueron años espléndidos, si bien marcados por una pobreza material agobiante que nunca pudo quebrar el espíritu familiar y solidario.
La guayaba no solo me recuerda a esas dos grandes mujeres, que ya no están en este plano terrenal, sino también a ese campo colombiano tan bello y tantas veces condenado al olvido y a la desidia de sus gobernantes. Eran tiempos sin carretera, sin luz y sin agua. Y aunque pareciera que las cosas han cambiado, muchas escuelas siguen a oscuras o con electricidad a medias, con agua no potable o sin agua, sin internet. El famoso progreso llegó, pero llegó para unos pocos.
Hoy tenemos un gobierno que quiere llamar empresario al campesino. A ese campesino que usa sus bolsillos para abrigar y descansar las manos más que para guardar billetes; que posee la poca tierra que recuperó o heredó de sus ancestros, luego de años de andar por las ciudades, desarraigado por la violencia.
Los fanáticos en el poder quieren borrar la historia con un video y montar la escenografía de un país de las maravillas. Pero detrás de esa escenografía sigue estando el país real: el de mi abuela, el de aquella casa de bahareque, el de las escuelas sin agua y el de los campesinos que han resistido durante generaciones.
Quizás por eso la guayaba me sabe a infancia, a familia y a campo. A un país de una belleza cruel, porque lejos estamos todavía del paraíso en el que merecemos vivir.


