En su libro Dialéctica de lo concreto, Karel Kosík señala que la dialéctica trata de la cosa misma, pero advierte que la cosa misma no se manifiesta inmediatamente al ser humano. Para captarla es necesario realizar un esfuerzo y, sobre todo, dar un rodeo. El pensamiento dialéctico distingue así entre la representación y el concepto de las cosas, entendiendo que no son simplemente dos formas o grados de conocimiento, sino dos cualidades de la praxis humana.
Esta distinción resulta fundamental para comprender los fenómenos sociales y políticos de nuestro tiempo. Con frecuencia observamos la realidad solamente desde su representación inmediata: aquello que aparece en las redes sociales, en los discursos políticos, en los resultados electorales o en los acontecimientos cotidianos.
Sin embargo, la dialéctica exige ir más allá de esa apariencia, buscar las relaciones que producen el fenómeno y comprenderlo como algo histórico, contradictorio y en permanente movimiento.
Desde esta perspectiva podemos aproximarnos al fenómeno del fascismo en América Latina. Hablar de fascismo latinoamericano implica reconocer un proyecto político que se ha venido gestando como respuesta de las clases dominantes frente a los avances de los movimientos populares y progresistas.
Ante la emergencia de nuevas fuerzas sociales, las élites económicas y políticas han debido replantear sus estrategias para conservar el poder. La primera dimensión de esa estrategia ha sido la profundización de las posiciones conservadoras.
Las clases dominantes comprendieron que no bastaba con administrar el poder existente: era necesario enfrentar el sentido común construido por los movimientos progresistas y populares. Para ello se hizo indispensable una combinación de coerción, disputa cultural, negociación y construcción de consensos.
Aquí resulta fundamental la lectura de Antonio Gramsci. La dominación no puede sostenerse exclusivamente mediante la violencia. Para que una clase dominante pueda permanecer en el poder necesita construir también consentimiento, legitimidad y sentido común. La hegemonía implica, por tanto, una batalla cultural en la que determinadas ideas terminan apareciendo como naturales, evidentes e incluso democráticas, aunque reproduzcan relaciones de desigualdad.

ALBERTO MIRANDA. Fuente: https://elpais.com/babelia/2023-04-01/antonio-gramsci-el-profeta-de-la-derrota.html
Durante las décadas de 1970, 1980 y 1990, América Latina vivió una fuerte represión contra movimientos sociales, organizaciones políticas e insurgencias. La violencia sistemática produjo miedo y silenciamiento, pero también generó resistencias que, con el paso del tiempo, encontraron nuevas formas de expresión.
Los grandes estallidos sociales de 2018, 2019 y 2020 mostraron que aquellas contradicciones no habían desaparecido: permanecían acumuladas en el interior de nuestras sociedades.
Por eso, la disputa contemporánea no puede comprenderse únicamente como una confrontación electoral. También es una batalla por los valores, los símbolos y las ideas que organizan la sociedad. La derecha radical comprendió que debía disputar conceptos como patria, familia, religión, seguridad, libertad y orden, presentándolos como valores amenazados por el progresismo y la izquierda.
Colombia: la construcción del enemigo interno
En Colombia esta situación adquiere características particulares. Durante décadas, la represión sistemática, la violencia política, las desapariciones forzadas, el paramilitarismo y la estigmatización de la oposición contribuyeron a construir un sentido común en el que la violencia contra determinados sectores políticos y sociales llegó a naturalizarse.
El Acuerdo de Paz firmado con las FARC-EP en 2016 produjo una ruptura importante con ese sentido común. Permitió visibilizar que buena parte de los conflictos sociales, económicos y políticos del país no podían explicarse simplemente como una confrontación entre buenos y malos, sino que tenían raíces profundas relacionadas con la desigualdad, la concentración de la riqueza, la exclusión política y la permanencia histórica de determinadas élites en el poder.
La movilización social posterior y la llegada del primer gobierno progresista colombiano expresaron parte de esa transformación. Sin embargo, la experiencia colombiana también mostró la enorme resistencia de las clases dominantes frente a cambios estructurales.
Mientras en otros países latinoamericanos los gobiernos progresistas consiguieron mantenerse durante dos, tres o incluso más períodos, en Colombia el proyecto progresista encontró obstáculos particularmente fuertes.
Esto permite caracterizar a una parte de la clase dominante colombiana como profundamente resistente a las transformaciones democráticas, incluso aquellas que otros países latinoamericanos ya habían experimentado desde comienzos del siglo XX.
La sola representación del fenómeno podría llevarnos a concluir que determinadas victorias políticas obedecen exclusivamente a campañas electorales exitosas, al uso de las redes sociales o a una estrategia comunicativa eficaz. Pero el rodeo dialéctico nos obliga a mirar más profundamente.
Detrás de una victoria electoral existe una batalla por el sentido común. Allí aparecen la idea de patria, la defensa de una familia tradicional y cristiana, determinadas concepciones religiosas, la reivindicación de modelos culturales asociados a Estados Unidos y, especialmente, la construcción de un enemigo interno.
En este punto resulta útil la noción de inmunización desarrollada por Roberto Esposito. La sociedad construye una representación del otro como amenaza y, frente a esa amenaza, desarrolla mecanismos de defensa. El opositor político deja entonces de ser simplemente un adversario dentro de la democracia y comienza a ser presentado como una enfermedad que debe ser neutralizada.
Así, la izquierda puede ser convertida en el “mal” que amenaza a la sociedad. No importa que millones de personas voten por ella: la construcción del enemigo interno permite deslegitimar políticamente sus ideas y reducirlas a una supuesta amenaza contra la nación, la familia, la religión o la seguridad.
La violencia y la negociación, desde esta perspectiva, tampoco pueden ser comprendidas como fenómenos absolutamente separados. La dialéctica nos permite observar cómo ambas pueden funcionar dentro de una misma estrategia de poder: se negocia cuando es necesario incorporar sectores sociales y se ejerce coerción cuando se considera necesario excluir, disciplinar o neutralizar determinadas fuerzas.
¿Qué hacer frente al fascismo criollo?
Frente a este escenario, el progresismo y la izquierda enfrentan una pregunta fundamental: ¿deben desplazarse hacia el centro o profundizar sus posiciones democráticas y transformadoras?
La experiencia latinoamericana parece mostrar los límites de una política que renuncia a sus grandes transformaciones en nombre de la moderación. Como ha señalado Álvaro García Linera, existe una dinámica pendular en América Latina: el péndulo puede desplazarse hacia la izquierda y posteriormente retornar hacia la derecha cuando los gobiernos progresistas no consiguen transformar de manera profunda las condiciones que produjeron su llegada al poder.
No basta, entonces, con redistribuir parcialmente la riqueza dentro de los límites de un modelo económico que conserva sus estructuras fundamentales. Tampoco basta con atender determinados sectores marginales mientras amplios sectores de trabajadores, profesionales y clases medias sienten que las transformaciones no modifican sustancialmente sus condiciones de vida.
La discusión debe llegar al modelo económico.
Carlos Marx, ese viejo topo que continúa recorriendo la historia, planteó que las contradicciones del capitalismo no podían resolverse únicamente mediante reformas superficiales. Si el progresismo pretende sostenerse históricamente, tendrá que enfrentar las limitaciones estructurales del modelo neoliberal y avanzar hacia una economía productiva capaz de generar independencia.
Esto supone discutir la industrialización, la soberanía económica, la producción nacional, la redistribución de la riqueza y la capacidad de nuestros países para dejar de depender exclusivamente del endeudamiento, la extracción de recursos naturales y los mercados internacionales.
La radicalización de las ideas, en este sentido, no significa abandonar la democracia ni asumir métodos autoritarios. Significa profundizar la democracia hasta sus consecuencias sociales y económicas: mayor igualdad, justicia social, defensa de los derechos humanos, protección de la naturaleza y construcción de condiciones materiales para una vida digna.
La batalla cultural
El fascismo comprende algo que la izquierda no siempre ha comprendido suficientemente: las sociedades no se transforman únicamente mediante programas económicos. También se transforman disputando imaginarios, emociones, símbolos y esperanzas. Por eso la izquierda no puede abandonar la batalla cultural.
Debe hablar con claridad de igualdad, justicia, solidaridad, dignidad humana, defensa de la naturaleza y libertad. Pero debe hacerlo sin esconder las contradicciones del capitalismo y sin temor a plantear que otro modelo económico es posible.
Si la izquierda renuncia a explicar la realidad, otros la explicarán por ella. Si abandona la disputa por el sentido común, la derecha ocupará ese espacio. Y si no es capaz de convertir sus principios en una narrativa comprensible para las mayorías, terminará perdiendo incluso cuando sus ideas tengan capacidad real de transformar la sociedad.
La batalla cultural no consiste simplemente en responder a cada mensaje publicado en las redes sociales. Consiste en construir una interpretación alternativa de la realidad, capaz de conectar las necesidades cotidianas de las personas con un proyecto histórico de transformación.
El momento histórico
Las vacilaciones y negociaciones de algunos gobiernos progresistas latinoamericanos han dejado una enseñanza: no es posible sostener transformaciones profundas si estas permanecen permanentemente subordinadas a los límites del modelo neoliberal.
Los recursos serán insuficientes y la dependencia continuará mientras no exista un proyecto productivo propio. La verdadera independencia exige capacidad industrial, soberanía económica, fortalecimiento de lo público y una organización social capaz de defender las conquistas alcanzadas.
Los movimientos sociales, las organizaciones populares, los pueblos y las comunidades que históricamente han luchado por otro mundo posible volverán, una y otra vez, a organizarse. La historia latinoamericana no está cerrada.
En Colombia, el movimiento sindical tendrá que demostrar que está a la altura del momento histórico. La convocatoria al paro nacional del 14 de octubre puede convertirse no solamente en una jornada de protesta, sino en un espacio para organizar la inconformidad, convertir la indignación dispersa en acción colectiva y medir la capacidad real de las organizaciones populares para disputar el sentido común.

La cuestión fundamental es, entonces, comprender que la lucha no ocurre únicamente en las calles ni únicamente en las urnas. También ocurre en las ideas, en las palabras, en la cultura y en la manera como interpretamos nuestra propia realidad.
Volvemos así a Kosík: la realidad no se entrega inmediatamente. Hay que hacer el rodeo. Hay que superar la representación para llegar al concepto. Hay que descubrir las relaciones que se esconden detrás de los acontecimientos.
El desafío del progresismo y de la izquierda es precisamente ese: comprender el momento histórico, superar las apariencias, disputar la cultura y construir un proyecto de transformación capaz de responder a las necesidades concretas de las mayorías.
Porque la alternativa al fascismo no puede ser simplemente administrar mejor el mismo mundo. Debe ser construir otro.
Un mundo donde la democracia signifique también igualdad; donde la libertad no sea privilegio de unos pocos; donde la economía esté al servicio de la vida; donde la naturaleza sea defendida como condición de nuestra propia existencia; y donde la justicia social deje de ser una promesa para convertirse en una realidad.
Ese es, en última instancia, el sentido de una política de humanización: hacer posible que la sociedad deje de estar organizada alrededor de la dominación y avance hacia una vida verdaderamente digna, libre y compartida.


