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Último discurso de Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973

Seguramente esta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no  tienen amargura sino decepción. Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el  almirante Merino, que se ha autodesignado comandante de la Armada, más el señor  Mendoza, general rastrero que solo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, y  que también se ha autodenominado director general de Carabineros.

Ante estos hechos solo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado  en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la  certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de  chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos. 

Última imagen del presidente chileno Salvador Allende, en el exterior del Palacio de La Moneda, acompañado del Grupo de Amigos del Presidente (GAP), su servicio de guardia personal, durante el golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973.

Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que solo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que  empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este  momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen  la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima  para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara el  general Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector  social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el  poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios. 

El general Augusto Pinochet (i) posa con el presidente chileno Salvador Allende el 23 de agosto 1973 en Santiago, poco después de que Allende le nombrara jefe del Ejército y acuando apenas faltaban tres semanas para que se produjera el golpe de Estado que derrocó a Allende.

Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por  los niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas que  siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios  de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.  Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de  lucha.

Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente;  en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo  oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de  proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.

Portada de «El Nacional», 12 de septiembre de 1973

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la patria. El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse. Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse.

Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será  una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

Salvador Allende. Palacio de la Moneda

La Hojarasca
Seccion editorial La Hojarasca
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