«Lo mejor que el fútbol me dio fue la
oportunidad de conocer a los seres humanos.
Conocí a personas que sufrieron muchísimo y
también conocí el otro lado de la sociedad, los
que lo tienen todo. Pude ver las dos caras de la
sociedad en la que vivimos»
Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza
Vieira de Oliveira
Quise empezar este escrito con una reflexión de un gran líder: Sócrates. No el filósofo, sino el jugador de fútbol. Ambos Sócrates son reconocidos por elaborar teorías sobre la participación política.
Sócrates «el futbolista», acuñó el concepto de la Democracia Corinthiana en un espacio impensable: los estadios. Usó su talento y su imagen para que millones de personas pudieran cuestionar su subjetividad política en una cancha, ya fuera en vivo o por la televisión.
En ese sentido, valdría la pena analizar la importancia de los refuerzos extranjeros en los diferentes deportes. Sin duda, los equipos demuestran su poderío económico al traer los mejores jugadores disponibles en el mercado. Estos terminan, muchas veces, convirtiéndose muchas veces en leyendas que terminan imbuidos en la cotidianidad y la historia, no solo del equipo, sino también de la ciudad y su comunidad. No es gratuito que hoy el estadio de Nápoles lleve el nombre de Diego Armando Maradona.

Para mi caso, ni refuerzo ni mejor jugador. Tanto así que un sector del gremio docente terminó declarándome persona no grata por el simple hecho de ser extranjero, por ser del interior y no del Caribe, ¿extranjero en mi tierra? me preguntaba con melancolía y me parecía inverosímil. Recordé entonces las palabras de Unamuno, que parafraseé en cientos de clases: viajar es el antídoto contra la xenofobia, que no es otra cosa que ignorancia y los prejuicios a lo diferente, a lo desconocido.
Pero la hostilidad al llegar era evidente. Recuerdo una graciosa apuesta de algunos funcionarios que no me daban más allá de Semana Santa. Hoy, con aprecio, reímos al recordar la suerte del ganador de la apuesta.
Así mismo, aprendí rápidamente el modus vivendi de Macondo, dónde cualquier cosa puede suceder a la vuelta de la esquina. Pude discernir entre malas costumbres y la idiosincrasia popular, lo uno no es igual a lo otro pero al final de cuentas, lo importante era dejarse llevar por el sentido común sin perder la compostura, es decir, no te pases el semáforo en rojo, pero ten más cuidado cuando cambie a verde.

Después de todo, vale la pena recordar la frase inmortalizada en la película Martín (Hache): «La patria es un invento y se extrañan muy pocas cosas. La patria son tus amigos, y eso sí se extraña». Así que es el momento de dejar la patria caribe y volver a la patria andina. Ambas son tan diferentes como parecidas al mismo tiempo.
Me voy agradecido con quienes confiaron en un maestro para asumir la responsabilidad de ejercer como Secretario de Educación del Magdalena. Creyeron en mí cuando, seguramente, no era la estrella del mercado de Secretarios, y así como el fútbol sorprende, también lo hacen los resultados.

Me voy con la sonrisa del cuadro de Gabriel García Márquez que está en la oficina del despacho, el que me recibió y me despidió de la misma manera, con la calidez que merece cualquier ser humano, sin importar su cargo, formación académica o apariencia física.
Creo firmemente que su tierra es mi tierra y que su mar es mi mar, porque, como en las obras de Gabo, los seres humanos debemos aprender a ser universales y cosmopolitas, humildes, como los alfabetizados de Ferrer, para reconocer que todos llevamos la geografía en los pies y la historia en las manos, al fin y al cabo, lo único que podemos dejar, más allá de lo material, es el legado que nace del corazón. Gracias.


