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La memoria en disputa y la necesidad de enseñar historia crítica

Aseguran los expertos que la muerte era para los antiguos egipcios un viaje, un tránsito hacia la inmortalidad o una transmutación de la forma de vida. La presencia en el plano terrenal era tan solo la etapa temporal que preparaba a los seres humanos para recorrer el camino y continuar su existencia plena junto a los dioses.

En este proceso, quien fallecía debía recorrer el inframundo guiado por el dios Anubis y enfrentar el juicio del dios Osiris para evaluar mediante el “pesaje de corazón” las acciones de la vida terrenal (el recuerdo de la vida del individuo) y así permitir o denegar la trascendencia.

Como el proceso era largo y complicado, resultaba fundamental establecer ritos, conjuros y símbolos que permitieran la preservación de la memoria y evitar que el fallecido se perdiera en el camino, fuese olvidado, y por tal incapacitado para continuar el viaje. Ejemplo de este esfuerzo por preservar la memoria nos ha llegado bajo el famoso nombre de “Libro de los muertos”, un compendio hecho para garantizar que el ritual funerario preservara el recuerdo del que dejaba la vida terrena.

Como en muchos otros pueblos a lo largo de la historia, la memoria era para los egipcios el núcleo central de su concepción de la vida y la muerte, y estaba relacionada simbólicamente con el corazón, pues era la bisagra que la unía a la conciencia y la voluntad humana. Perder la memoria en este viaje era condenarse a la desaparición absoluta, caer en el caos que supone el olvido y perder la identidad adquirida en la vida terrenal.

Así las cosas, no es casualidad que en las disputas políticas y conflictos bélicos de la época se hiciera todo lo posible por profanar tumbas, borrar nombres y revertir conjuros que permitieran a los enemigos recordar y ser recordados.

Cinco mil años después, la memoria sigue siendo un eje central de la vida de nuestros pueblos, solo que en la actualidad no tiene un propósito metafísico sino político, cultural e ideológico. En el presente se le construye y reconstruye según los intereses en disputa y se moldea con narrativas determinadas.

Esto ha llevado a que se convierta en un campo de batalla feroz pues con la irrupción de las redes sociales y la IA, la manera de relatar el pasado se ha transformado en un asunto de noticias falsas, discusiones jurídicas, opiniones sin sustento, rumores y entredichos en los cuales las víctimas pasan a ser victimarios. Es una puja por la manera en que se apropian, se reconstruyen y se narran los hechos pasados, donde casi siempre se impone un relato en favor de los vencedores.

En un solo vídeo viral un político de extrema derecha, sin el más mínimo atisbo de vergüenza y con el más alto grado de desconocimiento de los hechos, puede borrar del sentido común un genocidio étnico, una persecución política o una lucha milenaria de un pueblo por su reconocimiento.

La deformación del relato, la transmutación de la memoria y la manipulación de la historia tienen como propósito crear un arma simbólica que justifique proyectos políticos altamente lesivos para una sociedad y que sean aceptados de manera irreflexiva. Aparece así el negacionismo de los hechos que reiteradamente han sido corroborados científica y jurídicamente de la mano de un engrandecimiento de personajes o grupos sociales que otrora fueron responsables de actos atroces, y junto a esto las huestes de fanáticos apegados a esos relatos falseados.

Es la caída en el reino de las sombras al que tanto temían los egipcios. Un ejemplo de esto se refleja en la actual contienda electoral en Colombia, pues la apuesta de triunfo no está en convencer al electorado de elegir propuestas de gobierno sino en una guerra de posiciones por acomodar asuntos de la vida cotidiana fundamentales, entre ellos el de la memoria.

Bien conocido es ya en este contexto el intento de la derecha y extrema derecha por reescribir los hechos históricos y narrarlos de manera tal que puedan ser acoplados a sus discursos políticos. Su apuesta de memoria no es reivindicar a las víctimas del conflicto armado como un acto de reconocimiento del sufrimiento sino una repetición de mensajes simples que sesgan la comprensión de los hechos y reducen todos los acontecimientos a visiones maniqueas.

La deformación más reciente de la memoria, articulada a toda la andanada mediática contra el candidato que lidera las encuestas y el proyecto político que defiende, al que se le acusa de guerrillero en un país que ha construido su sentido común sobre el anticomunismo heredado de los tiempos de la Guerra Fría, se evidencia en el uso de las cifras dadas por la Justicia Especial para la Paz (JEP) frente a la cantidad de ejecuciones extrajudiciales perpetradas por miembros de la Fuerza Pública y la de reclutamiento de menores por parte de la extinta guerrilla de las FARC-EP.

Mientras que desde algunos sectores se usa la cifra de 6.402, actualizada por el tribunal transicional a 7.837, para reivindicar la memoria de esos miles de jóvenes que fueron asesinados y pasados como bajas en combate en el marco de una política de Estado, para que su historia como en caso de los egipcios sea recordada y no se repitan nunca más hechos atroces de semejante magnitud, los sectores opositores usan la cifra de 18.677, por la cual fueron imputados 20 líderes del grupo guerrillero por reclutamiento forzado de menores.

Su propósito es equiparar sólo las cifras y confrontar la narrativa a partir de una nueva que se convierte rápidamente en un lugar común gracias a las redes sociales. Si bien ambos son actos repudiables y deleznables que tienen su raíz en el conflicto armado colombiano, no es posible equipararlos sin contexto alguno y menos usar los números como frías expresiones de debate público, obviando las historias de miles de colombianos y colombianas que han padecido en silencio este flagelo y han caído en aquello mismo que los conjuros de los egipcios buscaban revertir: el olvido y la instrumentalización.

Como es posible evidenciar en las imágenes extraídas de la red social X, la memoria de las víctimas del irracional conflicto que azota Colombia hace décadas está en disputa y las narrativas que deforman los hechos rápidamente se vuelven virales. Es una pandemia que combina la guerra mediática con la ignorancia generalizada del pasado y alcanza un sinnúmero de personas que lo replican de manera inmediata sin detenerse a analizar el contexto.

Ante esa situación, el antídoto debe ser la enseñanza de la historia desde una perspectiva crítica y analítica, que no centre su estudio en el simple ejercicio de las cifras o los relatos oficiales, sino que tenga una amplia visión de los acontecimientos y demuestre las tensiones dialécticas que viven todas las sociedades humanas y la colombiana en particular.

A la nueva generación que está expuesta a la información veloz y a las falsas noticias hay que lanzarle el conjuro contra el olvido y enseñarle la historia no sólo de los grandes acontecimientos del pasado o las gestas heroicas de individuos sino también de los relatos de aquellos que han contribuido a construcción amplia y cuyos vestigios han sido sistemáticamente borrados de las narrativas oficiales.

Bien lo advertía el escritor portugués José Saramago (2010) cuando aseguraba que “[…] el tiempo no es una cuerda que se pueda medir nudo a nudo, el tiempo es una superficie oblicua y ondulante que solo la memoria es capaz de hacer que se mueva y aproxime” (p. 181).

Tanto los 7.837 como los 18.677, así como los millones de víctimas que desde los tiempos de la invasión europea en el siglo XVI han sido borradas del radar de la historia oficial, deben comprenderse no como gélidas cifras instrumentales para una campaña política determinada sino como el conjunto microhistorias que se han pretendido lanzar al abismo del olvido cíclicamente y que deben traerse al presente para darle un sentido diferente de las visiones maniqueas.

En este contexto la enseñanza de la historia adquiere un papel preponderante y exige de quien la enseña una posición ética-crítica muy particular, pues debe poner en diálogo la historia oficial con aquella que emerge de las víctimas, los negados, los desterrados, los marginados y los ninguneados.

Es una apuesta dialéctica que debe darse para vencer los discursos de odio que se sustentan en las visiones deformadas de una historia acomodadas y ampliar el espectro de diálogo participante donde sea posible confrontar ideas, analizar hechos y desglosar perspectivas: preguntarnos ¿Quién cuenta la historia? ¿Cómo se relata un hecho? ¿Por qué unos hechos son más relevantes que otros? ¿Quién ha vencido y por qué? ¿Qué le pasa a un pueblo que deforma su historia y la reacomoda según los intereses de actores políticos particulares?

Todos estos interrogantes son fundamentales para la enseñanza de la historia de manera crítica y disputar la memoria a quienes pretenden apropiársela parcialmente. La tarea es titánica y nada fácil, pues ya lo advertía con gran claridad Walter Benjamin (2010) en los tiempos de la barbarie nazi:

“Encender en el pasado la chispa de la esperanza es un don que sólo se encuentra en aquel que está compenetrado con esto: tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence, Y este enemigo no ha cesado de vencer” (p.22).

Así las cosas, es clave comprender que asistimos a una era en la cual toda la humanidad está librando una batalla monumental por no perder la memoria y evitar que la historia sea contada por aquellos que quieren eliminar a los oprimidos y derrotados; desde la devastada Palestina hasta la austral Argentina, desde la enorme Rusia hasta la pauperizada África.

Nuestra sociedad colombiana por supuesto está integrada a este camino difícil en que se hace el “pesaje de corazón” para no olvidar lo que ha sido y lograr llegar a un futuro distinto. Pero en estos tiempos difíciles se hace más necesaria que nunca librar esa batalla y citar con toda la fortaleza posible el conjuro XXVI de libro de los muertos:

Mi Alma no será aprisionada en mi cadáver ante las Puertas del Más Allá;
así podré entrar y salir en paz.

Referencias

Artículo periodístico sobre el reclutamiento de menores: https://www.lafm.com.co/orden-publico/reclutamiento-menores-colombia-jep-imputa-a-20-cabecillas-de-exfarc-397639

Artículo de presnsa de la jep sobre las ejecuciones extrajudiciales
https://www.jep.gov.co/sala-de-prensa/paginas/victimas-de-arauca-santander-cundinamarca-y-boyaca-se-pronunciaron-sobre-lo-dicho-por-altos-mandos-militares-ante-la-jep-en.aspx

Libro egipcio de los muertos
https://www.archivodelafrontera.com/wp-content/uploads/2016/01/an%c3%93nimo-el-libro-egipcio-de-los-muertos-1.pdf

Benjamin, w. (2010). tesis sobre la historia y otros fragmentos. desde abajo.

Saramago, j. (2010). el evangelio según Jesucristo. punto de lectura.

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Juan Sebastian Martinez Echavarría
Docente de primaria en un colegio público de la localidad de Bosa en Bogotá, formado en filosofía, historia y derechos humanos. Sus intereses investigativos giran entorno a la filosofía latinoamericana, la historia de los vencidos y las pedagogías críticas.Miembro del colectivo de divulgación filosófica Montaña de Letras. Correo electrrónico: [email protected]
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