Una de mis estudiantes me soltó hace unos días una sentencia que, lo reconozco, encontré dolorosa por el tono y problemática por su sentido: “¡profe, renuncio, es imposible hablar con mis papás!”. ¿De qué era imposible hablar con los papás? ¡Vaya!, nada más y nada menos que de la coyuntura política, tremendamente compleja y preocupante que atravesamos, y que tiene que ver hoy con nuestros futuros posibles.
Ella, lo sabemos, no ha sido la única. Hace un par de días mi esposa me comentó algo similar, que un estudiante suyo también le confesaba, preocupado, que parte de su familia le había dejado de hablar por sus posturas políticas. Esta suerte de ‘incapacidad de diálogo’ me provocó una reflexión que quiero compartirles, en cierto sentido, como una voz de aliento.
Alguna vez, cuando era maestro de un colegio al sur de Bogotá le dije a los estudiantes de mi juventud algo que parece tener cierta resonancia hoy; señalé que la educación de cada uno de nosotros, en el colegio o la universidad, implicaba la educación, a la vez, de nuestra familia. Lo dije, lo reconozco, con un pie en el vacío.
Hoy sé que una frase como esa, al menos en parte, encuentra cierta estela de ideólogos del Capital Humano como Theodore Schultz; sin embargo, no por eso la frase deja de tener cierta razón, esto es, que mi educación debe irradiar una transformación en la relación que tejo con el saber, a la vez que consigo mismo y, más importante aún, con los otros.
Hablo, por supuesto, de una ‘educación’ que se desmarque de su reducción a la lógica del mercado y la ‘inversión productiva’ de capital, de la razón económica y que, más bien, eche mano de algunas viejas pero vitales palabras. Hablo de una educación que atienda a la formación de un espíritu libre como diría Nietzsche. Que nos invita a ser más. O más claramente, parafraseando libremente a Rodari, una educación para que nadie sea esclavo (sí, sé que él hablaba era de la escritura).

No nos engañemos, los sentidos puestos a nuestra profesión, a la educación, al trabajo y a la vida están siendo minados hace rato por fuerzas de oscuros intereses empeñados en decir ‘negocio’, allí donde se tendría que decir ‘derecho’. Una educación comprometida con el saber y el conocimiento, que se exprese en un sentido liberador, y que persiga ideales estéticos, sabría reconocer sin esfuerzo los trazos de la pedantería y la patanería; no solo reconocerles, sobre todo sabría tomar distancia y darles el lugar que verdaderamente deberían ocupar en la historia: el de la vergüenza.
Una educación pensada para cultivar el pensamiento meditativo que ocupara a Heidegger, no daría oportunidad a una sociedad para enaltecer como valores la competitividad, la autoexplotación o el silenciamiento del otro. Sabría reconocer que tras el espectáculo y el entretenimiento se esconde la estrategia quizá fundamental del neoliberalismo capitalista para allanar nuestra atención.
Curiosamente, nosotros maestros caemos en la trampa y reclamamos estas formas de entretenimiento para la escuela del siglo XXI y así, mantener ‘entretenidos’ a nuestros estudiantes. Grave problema cuando lo que debería estar en juego en las aulas es algo mucho más importante: dar las condiciones para el pensamiento meditativo y reflexivo que no es, huelga decirlo, ni entretenido ni veloz. Pero esa educación que reclamo se ve lejana, incluso tildada de obsoleta.
Una masa de gente escolarizada, educada en los ideales de la productividad y, además entretenida con espectáculos variopintos, reclama lo contrario, un pragmatismo capitalista despiadado, indolente, de estética agresiva, promotor del resentimiento (ver, a propósito, Capital y resentimiento, Vogl 2022). Ya habrá tiempo para mirar atrás y encontrar en nuestras propias historias, aquellas posturas — tanto tontas, como canallas diría Castro-Gómez— que, queriéndolo o no, fueron la condición para este malestar cultural y político.

Yo aventuro algunas que nos tocan a los maestros: el desprecio por la academia (tildada de trasnochada, insensible, ‘descontextualizada’); el hecho de que no se nos exija hoy disciplina ante el conocimiento y el saber a caballo de una falsa entronización del gusto y los ‘intereses individuales’; el siempre invocado contexto que nos encadena a una realidad y desde el cual todo se justifica (‘es que somos muy pobres’, como titula el cuento Juan Rulfo); y finalmente de la aceptación sin mucha resistencia de esa ratio que nos llama a ser competentes, antes que intelectuales.
Por lo pronto, sorprende que se despliegue todo este arsenal de odio y de rencor que circula en el discurso. Sorprende, pero es verdad que intuíamos hace rato que las condiciones han estado dadas y que cierto malestar azota la cultura. ¿Qué hacer frente a este panorama?, insistir. Uno de los gajes del oficio del maestro que precisa Estanislao Antelo, es el de tener que enfrentarnos, precisamente, a cierta apatía del otro. Lindo sería que todos nuestros estudiantes estuvieran prestos a estudiar siempre y a toda hora, que no los cobijara por momentos la pereza o el desinterés.
Gerd Biesta habla, a propósito, de la tensión entre ese ‘querer dar’ y la ‘resistencia’ del otro. La cuestión se agrava cuando la ‘resistencia del otro’ a hablar es rápida a estímulos emocionales que el capitalismo ha sabido condicionar. Se trata de un condicionamiento a lo que Lazzarato llama ‘asignificantes’: símbolos y signos lingüísticos y semióticos que llaman a la emoción y la reacción automática inmediata, antes que el pensamiento reflexivo.
Frente a esa velocidad de reacción, no cabe otra cosa que insistir: que se note entonces nuestra formación, que se note nuestra educación, que se note la serenidad que ella nos otorga. Insistir cumpliendo con las cualidades del lector de Nietzsche: ser tranquilo y leer sin prisas, cualidad de “hombres que todavía no han sido arrastrados por la vertiginosa prisa de nuestra agitada era” (Cinco prólogos a cinco libros no escritos).

Considero que parte de los compromisos de nuestra profesión es dar las condiciones para que los otros vean que otra realidad sí es posible, sin la necesidad de caer en el deseo autoritario. No nos llamemos a una falsa ilusión, esa tarea es a contracorriente. Tampoco tenemos muchas opciones, pues nuestra intelectualidad sería vaciada de sentido si no contribuimos a crear las condiciones para ‘detenernos en la marcha’ y leer pausadamente los signos lingüísticos y semióticos capitalistas que promueve en tantos esta reacción irreflexiva automática.


