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¿Enseñar o no enseñar ciencias sociales? Esa es la cuestión

Bien conocida es ya la posición que tienen los sectores más conservadores y reaccionarios de la política hacia el magisterio colombiano. Como gremio hemos sabido lidiar con el macartismo desatado por todo el espectro de esa línea que pretende imponer modelos altamente retardatarios para la sociedad en su conjunto.

Sin embargo, en la actual coyuntura electoral los principales heraldos del statu quo han reforzado el arsenal de desprestigio en las redes sociales para imponer su relato en el marco de la guerra mediática con el propósito de volverlo sentido común.

Los posicionamientos críticos, la exigencia de garantías reales para el ejercicio pedagógico en las instituciones educativas del país y la protesta de todo tipo resultan ser, según su narrativa, acciones peligrosas que deben ser sofocadas para garantizar el derecho a la educación.

Desde una muy limitada comprensión de la educación y de la situación cotidiana de los procesos educativos, pretenden establecer recetas que harán mejorar la calidad educativa a partir de la privatización, la represión, la persecución y la estigmatización. Así lo han evidenciado las recientes declaraciones de algunos congresistas electos y ciertos candidatos presidenciales, cuyas propuestas aparte de descabelladas resultan ilegales.

Imagen de Chico, Pensando y Pensativo. Imagen de rMeghann en Pixabay

En este contexto, la narrativa contra los maestros y maestras ha desatado una cacería de brujas no sólo contra las organizaciones sindicales sino específicamente contra quienes enseñamos las ciencias sociales.

Pareciera que enseñar las disciplinas afines en las aulas resultase un crimen, cuando es un conocimiento elemental que cualquier colombiano debería tener según los lineamientos establecidos por la autoridad en materia educativa.

Con una mentalidad propia de los tiempos de la Guerra Fría, ven aterrador que en las aulas se hable del socialismo, comunismo, anarquismo o el pensamiento político de izquierda. Más aterrador les resulta cuando las disertaciones ponen tela de juicio la imagen sacralizada de los expresidentes y sus respectivos gobiernos, o se habla de la memoria histórica, el conflicto armado y sus víctimas.

Se ha pretendido mostrar, al mejor estilo de la inquisición colonial, que la enseñanza de todas las disciplinas que componen las ciencias sociales es una desviación hacia las oscuras grutas de la perversión de nuestros jóvenes; como si fuese la deformación del recto camino en las sendas de la convivencia, la paz y la estabilidad democrática; como si lo enseñado fueran temas ajenos al devenir histórico de este país.

Las principales redes sociales, como ya lo hemos dicho, se convirtieron en la picota pública de las y los profes, y en un campo de batalla de opiniones que decantan en lo que bien llamó Platón doxa (δόξα), un sentido común sin criterio alguno, creando discursos de odio y rechazo sin el más mínimo atisbo de debate serio y argumentado.

Quema de libros en la Alemania nazi. 1933

Este es un asunto al que nos hemos enfrentado históricamente y no es nueva. La posición de esos sectores frente a la libertad de cátedra, las manifestaciones sociales y la reivindicación de los derechos constitucionales más elementales será siempre motivo de criminalización si no se hace con los criterios allí establecidos.

Baste mencionar a modo de ejemplo que por allá en el año 2019 un representante a la cámara de uno de los partidos políticos que encabezan las encuesta para presidir a Colombia hoy en día propuso limitar la libertad de cátedra y sancionar a aquellos maestros que en su ejercicio «adoctrinaran» e «incentivaran el odio», causa primera, según esta posición, de la baja calidad en la educación.

El escenario que se ha planteado hasta aquí muestra que estamos en un momento histórico en el cual es preciso crear una educación capaz de construir seres humanos críticos de la realidad y de las situaciones que tienen lugar en su entorno, y ante esta necesidad resulta clave restituir la función de las ciencias sociales y su aporte en la construcción de sociedades más justas, pues su desaparición o acomodamiento al relato oficial facilitará la manipulación del presente y el triunfo de los sectores reaccionarios que por décadas han buscado liquidar – física y simbólicamente- al magisterio.

Es un momento clave para enseñar a nuestros estudiantes que existen dos caminos: el de complicidades con los opresores o el de la comprensión de las situaciones recurrentes de los oprimidos.

Al respecto nos queda la bella enseñanza del filósofo alemán Walter Benjamin al decir que el pensar histórico debe ser «[…] una reflexión que procura dar una idea respecto de lo caro que le cuesta a nuestro pensamiento habitual una representación de la historia que evite toda complicidad […]» (p.25) con la historia de aquellos que se imponen siempre como vencedores.

Dibujo de Paul Klee en 1920 adquirido por Walter Benjamin, quien lo utilizó como referencia para su teoría ‘El ángel de la historia’. Imagen de Wikipedia

La educación no es ni puede ser un proceso neutral, objetivo, desprovisto de tensiones y contradicciones, menos en cuanto a enseñanza de las ciencias sociales se refiere. Por el contrario, debe crear mella, debe contrariar, debe impulsar a combatir el Statu quo siempre que plantee retos.

Aquellos acusadores inquisitivos con los y las maestras ignoran que el desarrollo del ejercicio docente no es una tarea de adoctrinamiento, sino que responde a las necesidades sociales y que desde una perspectiva legalista se vincula a los DBA (Derechos Básicos de Aprendizaje) y los lineamientos curriculares generales que expide el Ministerio de Educación Nacional.

Cuesta mucho para una mentalidad promedio imbuida por el mesianismo de los líderes consultar los textos elementales de la política pública educativa en el país para proponer debates serios al respecto.

El sentido común pareciera sumir a las personas en un conformismo cómplice como y transformarlas de sujeto pensante a sujeto pensado. Quienes persiguen a las y los maestros de ciencias sociales ignoran que la sociedad en la que vivimos debería sustentarse en ciudadanos que responden al llamado que hiciera en 1784 Kant con su ¡sapere aude! (¡atrévete a pensar!), aquellos capaces de actuar según sus propios criterios y ser capaces de poner en escena aquellos presupuestos que se dan por fijos.

Lo que esta persecución demuestra es la búsqueda de establecer un pacto con la ignorancia que tan ciega vuelve a los humanos y tan cómplice hace a los cautos, ya los EE. UU nos ilustran cuán lesivo puede resultar esto, de las grandes tragedias; pretender la eliminación de las ciencias sociales y el pensamiento divergente es el principio de los grandes genocidios.

Lo que nos deja entonces esta reflexión es la necesidad de fortalecer la capacidad de pensarnos como sujetos históricos en unas determinadas condiciones que debemos comprender que el mundo de la vida está compuesto por todo aquello que trasciende los discursos banales e inmediatos, cuyo despliegue hace de la cotidianidad un verdadero infierno en la tierra.

Ante la presencia de los heraldos de la inquisición que acusan de adoctrinador a aquel que cuestiona el mundo tal como se manifiesta, los maestros de ciencias sociales debemos permanecer firmes como Galileo que, ante la condena impuesta por la inquisición, aseguraba con toda la dignidad: «Eppur si mouve» (Y, sin embargo, se mueve).

Bibliografía

Benjamin, W. (2010). Tesis sobre la historia y otros fragmentosBogotá: Desde abajo.

Kant, I. (2013). ¿Qué es la ilustración?. Ciudad de México: Alianza.

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Juan Sebastian Martinez Echavarría
Docente de primaria en un colegio público de la localidad de Bosa en Bogotá, formado en filosofía, historia y derechos humanos. Sus intereses investigativos giran entorno a la filosofía latinoamericana, la historia de los vencidos y las pedagogías críticas.Miembro del colectivo de divulgación filosófica Montaña de Letras. Correo electrrónico: [email protected]
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