Sobre estar enfermo
Virginia Woolf (1930)*
Si tomamos en cuenta lo común que es estar enfermo, el tremendo cambio espiritual que provoca, lo desconcertantes, cuando se apagan las luces de la salud, que resultan los países ignotos de pronto revelados, los baldíos y los desiertos del alma que un mínimo embate de influenza pone de manifiesto, los precipicios y los jardines moteados de flores brillantes que engendra una fiebre ligera, los robles antiguos y obstinados que un malestar arranca de raíz, cómo caemos al pozo de la muerte y sentimos que las aguas de la aniquilación nos cubren y despertamos pensando que estamos en presencia de ángeles y escuchamos arpas cuando nos sacan un diente y reaparecemos en la silla del dentista y confundimos la frase “enjuague su boca… enjuague su boca…” con la bienvenida de la Deidad que se nos acerca desde el cielo para recibirnos.
Cuando pensamos en esto, como solemos vernos obligados a hacerlo a cada rato, resulta extraño que la enfermedad no ocupe un lugar junto al amor, las disputas y los celos entre los temas principales de la literatura. Uno pensaría que habría novelas dedicadas a la influenza, poemas épicos a la tifoidea, odas a la neumonía, obras líricas al dolor de muelas. Pero no. Con algunas excepciones.
De Quincey intentó hacerlo en el Comedor de opio; debe haber algún tomo o dos sobre la enfermedad dispersos entre las páginas de Proust —la literatura hace su mejor esfuerzo para plantear que su preocupación es la mente; que el cuerpo es una hoja de cristal a través del cual el alma mira y, salvo por una o dos pasiones, como el deseo o la envidia, algo nulo, nimio e inexistente—.

Al contrario, lo opuesto es verdad. Todo el día, toda la noche, el cuerpo interviene; achata o afila, colorea o decolora; se transforma en cera en el calor de junio y se endurece como cebo en la oscuridad de febrero. La criatura dentro del cuerpo solo logra mirar a través del cristal —borroso o claro—, no puede separarse del cuerpo como el cuchillo de la funda o el chícharo de la vaina ni por un instante; debe seguir la interminable procesión de cambios, de calor y frío, de confort e incomodidad, de hambre y saciedad, de salud y enfermedad, hasta que llega la inevitable catástrofe.
El cuerpo se hace añicos, y el alma (se dice) escapa. Pero de este drama diario del cuerpo no hay registro. Las personas escriben sobre los quehaceres de la mente; los pensamientos que llegan a ella, sus planes honrados; el modo en que la mente ha civilizado al universo.
La muestran ignorando al cuerpo en la torre del filósofo o pateando el cuerpo como a un viejo balón de futbol; a través de leguas de nieve y desierto en pos de la conquista o el descubrimiento. Esas grandes guerras que el cuerpo emprende con la mente como esclava, en la soledad de una habitación, contra el asalto de la fiebre o el asedio de la melancolía, se ignoran. Y la razón no se halla muy lejos.
Para ver las cosas directamente se requiere la valentía de un domador de leones, una filosofía robusta, una razón afianzada en las entrañas de la tierra. A falta de estas, el monstruo, el cuerpo, este milagro y este dolor pronto nos obligan a acercarnos al misticismo o a elevarnos con alas batientes a los arrebatos del trascendentalismo.
El público diría que una novela dedicada a la influenza carece de trama; se quejarían de que no hay amor en ella —mas se equivocan, porque la enfermedad con frecuencia se disfraza de amor y plantea los mismos trucos—.

A ciertos rostros les da un toque de divinidad, y nos pone a esperar, hora tras hora, con los oídos atentos al rechinido de una escalera, y corona las caras de los ausentes (simples cuando tienen salud, lo sabe el cielo) con un nuevo significado, mientras la mente cocina miles de leyendas y romances para quienes no tiene ni gusto ni tiempo cuando hay salud.
Por último, para limitar la descripción de las enfermedades en la literatura, está la pobreza del lenguaje. El inglés, que puede expresar los pensamientos de Hamlet y la tragedia de Lear, no tiene palabras para el temblor ni la jaqueca.
Todo ha crecido en un solo sentido. Una joven estudiante, cuando se enamora, tiene a Shakespeare o a Keats para darle voz a sus pensamientos; pero dejemos que un sufriente intente describir el dolor en su cabeza a un doctor y el lenguaje de inmediato se seca. No hay nada listo para él.
Está obligado a inventar palabras, y con el dolor en una mano y un bulto de sonidos en la otra (como quizá lo hicieron los primeros habitantes de Babel) los mezcla para que al final escurra una palabra nueva.
Es probable que resulte irrisorio. ¿Quién que haya nacido en la lengua inglesa puede tomarse esas libertades con el lenguaje? Para nosotros es algo sagrado y está condenado a perecer, a menos de que los estadounidenses, cuyo genio está mucho más cómodo creando nuevas palabras de lo que está para el uso de las antiguas, nos ayuden y permitan que los manantiales fluyan.
Sin embargo, lo que necesitamos no es solo un nuevo lenguaje, más primitivo, más sensual, más obsceno, sino una nueva jerarquía de las pasiones; al amor lo depondrá una fiebre de 40º; los celos dejarán su lugar a las punzadas de la ciática; el insomnio será el villano, y el héroe será un líquido blanquecino de sabor dulce —ese príncipe poderoso con ojos de polilla y pies emplumados, que entre otros nombres responde al de cloral.
*Texto tomado de: https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/6512ee8e-c1ca-49ca-864d-8dc774fde9b2/sobre-estar-enfermo



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