La definición clásica de nación de Benedict Anderson, en su libro Comunidades imaginadas, es: “Así pues, con un espíritu antropológico propongo la definición siguiente de la nación: una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana”.
El libro se dedica a explicar cómo, en una nación, no todos sus integrantes pueden conocerse, pero comparten lengua vernácula y pasado histórico; por ello es imaginada, con una estructura organizacional que la hace política, limitada fundamentalmente por un territorio que comparten, y soberana porque toman sus decisiones de forma autónoma.
Este texto lo analizamos durante nuestra formación como licenciados en Ciencias Sociales. Allí discutíamos si Colombia podría encuadrarse dentro de la definición de Anderson. La conclusión era más bien consensuada: Colombia era una nación en formación, con un Estado débil y unos escenarios supremamente conflictivos para poder identificarnos como parte de algo. Al buscar elementos sociales que nos aglutinaran como nación, siempre encontrábamos contradicciones que no eran de poca monta.
En ese orden de ideas, intentaré, con algunos ejemplos, evidenciar esos escenarios donde la estructuración de la nación colombiana queda en suspenso. Veamos.
Hace un par de días, un compañero en un grupo de WhatsApp compartió una imagen claramente racista en contra de la candidata a la Vicepresidencia Aida Quilcué. Aunque nuestras raíces indígenas hacen parte de nuestro pasado histórico común, muchos no se sienten orgullosos de eso; es decir, nuestro pasado histórico no es tan común como pareciera. Unos solo se sienten orgullosos del pasado hispánico, desconociendo el aporte negro y de los nativos americanos.

Deja mucho que desear ese tipo de comentarios y comportamientos racistas, cuando uno encuentra ejercicios de orgullo de su pasado aborigen, como, por ejemplo, el del equipo noruego de fútbol, que se vistió como sus antepasados vikingos. Pero acá no es raro ver a más de un ciudadano colombiano con un sentido de pertenencia más desarrollado con las tribus nórdicas que con los Arhuacos —estos últimos aún resisten en gran parte de la Sierra Nevada—, situación que podría explicar por qué es un lugar visitado más por turistas extranjeros que por connacionales.
En la misma línea, en Colombia hay aproximadamente 115 pueblos indígenas que hablan más de 60 lenguas diferentes, lo que, de por sí, ya significa un alto grado de inteligencia. Sin embargo, como lo expresa la canción La maldición de Malinche,
Hoy, en pleno siglo 20
Nos siguen llegando rubios y les abrimos la casa
Y los llamamos «amigos»
Pero si llega cansado
Un indio de andar la sierra, lo humillamos y lo vemos
Como extraño por su tierra
Nada más vigente en la política colombiana que el racismo contra Quilcué y el regocijo de muchos con el mensaje intervencionista de Trump apoyando a los abelarditas, lesionando otro elemento del concepto de Anderson referente a la soberanía: somos racistas con sangre negra e india, además de apátridas consumados.
Reflexionábamos sobre el concepto de Anderson muchas tardes de clase, en acaloradas discusiones, buscando el encuadre de la teoría social en nuestro territorio. Al final, terminábamos decepcionados al encontrar que pocas cosas realmente nos unían como nación, entre ellas, los partidos de la Selección Colombia de fútbol.
Hay que reconocer que a mucha gente no le gusta este deporte; sin embargo, la sensación de sentirse parte de algo se contagia de la mano de una estrategia comercial muy fuerte de los patrocinadores por construir un elemento identitario por fuera de la definición de Anderson, logrando una cohesión social que nos hace olvidar hasta los más profundos conflictos.
No olvidemos la película Golpe de estadio, donde la guerrilla y el Ejército hacen una tregua para ver un partido de la sele. Esa Sele que recoge lo mejor de nuestros jugadores, pero no por eso a los mejores seres humanos.
Lo pudimos evidenciar con la actitud en la despedida con el presidente de la República, pero no solo con él o con su hija, sino con cientos de hinchas que esperaban un gesto de despedida antes de estar en tierras ajenas, probablemente les gustan más, que este terriblemente hermoso platanal.
Muchos de estrato humilde no esperan sino la fama y el dinero para poder ascender a esa clase social que los desprecia con asco y que solo los recibe gracias a su talento, disciplina y suerte, pero poco hacen por sus comunidades de donde provienen.
Eso sí, todos tienen ONG, más que por sentido de pertenencia, para evadir impuestos. Ninguno ha sido realmente un referente de transformación social. Unos, muy organizados, se vuelven grandes empresarios; otros, caídos en desgracia, piden limosna escudados en pasadas glorias.
Pero lo cierto es que la juventud de diferentes generaciones puede reconocer más fácilmente al Pibe Valderrama que a Bolívar.
Y en ese escenario es muy peligroso que estos futbolistas no tengan empatía con su clase social y se arrodillen al poder sin la menor vergüenza. Se derechizan por conveniencia personal, más que por estudiar a Hayek o Smith.
Ellos tampoco quieren pagar horas extras a sus empleados, a pesar de que sus madres hayan trabajado en casas de familia; no quieren pagar recargos nocturnos, a pesar de que sus padres cuidaron de noche las propiedades de otros. Es muy fácil pasar de la mentalidad del oprimido a la del opresor, y el mejor ejemplo es la Selección Colombia.
Para concluir, si la Sele es uno de los pocos organismos que puede aglutinar a una nación tan fraccionada y diversa como la nuestra —lo que podría explicar la complejidad de la realidad—, no es casual que, en un acto de viveza futbolística, los abelarditas hayan usurpado la camiseta como símbolo de “la manada”; lo vimos en la primera vuelta.
La derecha leyó magistralmente la psique del colombiano promedio: la camiseta de la Sele pasó de ser un objeto aglutinador a uno de división, un objeto hoy en disputa, ya que la izquierda despertó asustada de la zona de confort de NO ganar en primera vuelta, estrellándose con la triste realidad: la derecha no escatimará en galimatías para quedarse con el poder.


