Primera vuelta, segunda vuelta, uno po rciento, tantas mesas escrutadas.
Cada cuatro años somos los testigos de algo particular, encontramos la cúspide de la moral, de lo correcto. Aquellos “políticos” que nos salen de esas burbujas que pagan con nuestros impuestos, descubren las plazas públicas, que la gente de a pie toma sopa en una esquina, o que los sectores sociales marginados usan algo llamado transporte público, y nos hacen creer que pueden trabajar, ya que en época electoral es la única ocasión en que los podemos ver intentar hacer algo por el país.
Nunca fue tan atractivo servir un tamal. El espectáculo es tan grande que se les ve sonreír al lado de un votante, porque es la manera que su equipo de campaña diseña cada acto público. Son especímenes raros, hablan de salvar el territorio nacional, de la reivindicación del pueblo, de más para todos, desde un barrio que no conocían hace 15 minutos, tomando agua con panela, en lugar de un trago de Ron Medellín 8 años en el Country Club.
Nuestra realidad es tan diversa que parece que solo nos unimos cada cuatro años para sacar lo peor de cada uno. En Colombia nos metieron en la cabeza que estamos rodeados de enemigos, de terroristas, de guerrilleros, petristas, uribistas… inventaron palabras para referirnos al que piensa diferente, y nosotros no tenemos ninguna para describir la impotencia de tener que pasarle por encima al otro para escoger a un nuevo presidente que seguramente no representa a nadie.

El olvido es tal vez la representación de nuestro país. Vivimos rodeados de tragedias, usted menciónelas, desde desastres naturales hasta falsos positivos. Y aun así los que han sido víctimas están dispuestos a votar por esos que dan las órdenes, porque el miedo, la ignorancia, o quién sabe qué los hará escoger a su verdugo, con tal que otras ideas diferentes a las de ellos, no sean parte del debate nacional.
Así en cada campaña presidencial somos convencidos de necesitar un salvador, un mesías ateo, o una nueva política de seguridad que nunca se encargó de la guerrilla, pero sí de los jóvenes. Vote por aquellos que no pueden. Sea por las condiciones en donde se encuentran, porque fallecieron, o porque no quieren. Pero no le quite la posibilidad de tener una vida digna a ninguna de esas personas.
La vida que todos queremos no pasa por lujos, sino por la comodidad de salir a la calle tranquilos, sin tener que salir a buscar a un ser querido, que está desaparecido desde que salió a buscar trabajo. Nuestro lujo es poder vivir en Bogotá sin que algún grupo bélico ponga panfletos amenazando a todo el pueblo.

Las grandes ciudades de este país nos acostumbraron a qué todo está «bien», que el mayor de nuestros problemas es la demora del bus, la inseguridad, o alguna obra que no acaba. Si miramos en las periferias de Colombia, no tienen bus, la inseguridad se transforma en secuestros, asesinatos, o trabajos forzados para el ELN y, las obras no avanzan ya que nunca comenzaron.
Usted puede decir «firme por la patria» ya que la libertad de expresión es un derecho, aunque esa patria de la que se habla no existe. La patria se la venden como el país perfecto que nunca le dejaron a nadie, bueno, a los que viven en Miami con el presupuesto del estado. Si usted pregunta en la Amazonía de qué patria están hablando, de pronto ni siquiera le entienden porque existen 51 dialectos indígenas. Eso usted y yo no lo sabíamos porque esa patria no es nuestra. Vote firme. Vote por la vida. Vote le dicen… ¿Usted vota o solo sigue órdenes?



Partiendo del hecho que es la importancia de la participación ciudadana es pertinente hablar de como en nuestro país Colombia parece ser que está condenado a dejar que la polarización y la poca empatía por el prójimo se anteponga ante cualquier criterio construido a base de hechos y conocimiento real. Esto deja ver cómo el país se ve afligido por el mismo verdugo de hace más de 200 años. Es por eso que como lector comparto esa sensación de que es momento que el país priorice no solo los intereses individuales (en realidad de algunos pocos que son las esferas elitistas) sino también los intereses colectivos; todos tenemos abuelos, algunos son padres, algunos somos hijos, a todos nos afectan los problemas sociales por igual. Un ejemplo a seguir ha sido demostrado en naciones como las escandinavas donde la calidad de vida es excepcional según los indicadores. La razón principal de esto es porque sus políticas sociales buscan bienestar para toda su población por igual, desde beneficios para que las personas con más capital puedan traer riqueza a sus países, hasta condiciones dignas para quienes no tienen el mismo poder económico. Eso es proyectarse a crecer, pero un crecimiento de todos, no solo el de unos cuantos nombres.
Jhopsam.