Por: Augusto Colorado Castro
Ayer, en medio de una conmemoración familiar en el marco del 1 de mayo, surgió en la mesa una conversación ineludible que me dejó un profundo sinsabor. El tema central fue aquel video sacado de contexto por figuras como Daniel Briceño y, sobre todo, las respuestas que desde nuestra representación sindical se dieron. Durante horas intenté esgrimir argumentos políticos, apelar al sentido común y al contexto histórico de nuestra lucha, pero fue inútil.
No hubo forma de sacarles de la cabeza una conclusión dolorosa, pero innegable: fue una mala salida y, ante la opinión pública, estamos quedando mal. Solo hace falta leer los comentarios de esos videos para entender que la primera impresión —el tono, las palabras, la carga emocional— no está logrando conectar positivamente con quienes son ajenos a nuestro sector.
Tengo 44 años y desde el 2006 he luchado hombro a hombro con el magisterio. En estas casi dos décadas de caminar las aulas, he sido testigo de nuestras carencias y nuestros sueños. Recién llego a la IED Gustavo Restrepo, en la localidad de Rafael Uribe Uribe, y como en tantas otras instituciones, palpo a diario las necesidades laborales de mis compañeros, el deterioro físico de nuestras infraestructuras escolares y la inmensa responsabilidad que recae sobre nuestros hombros.

Conozco de primera mano los miedos y el desgaste físico y emocional que implican las luchas sindicales. Por eso, me resulta doblemente preocupante ver el daño sistemático que los medios de comunicación tradicionales le hacen a nuestras justas reivindicaciones.
Históricamente, el manejo mediático ha buscado deslegitimar nuestra labor. Sin embargo, en esta era de comunicación digital, posverdad y polarización, no podemos seguir facilitándoles el trabajo.
Con mil posturas políticas internas y debates hacia nuestros propios representantes, hoy se hace indispensable y urgente una autocrítica profunda sobre nuestras formas y nuestros medios. Necesitamos garantizar la unidad en medio de un cambio que debe estar a favor de la escuela pública, no en su contra.

En cada asamblea, reunión o movilización, debemos fortalecer el autocuidado. No sabemos quién nos puede estar grabando, ni cuál es su interés oculto. Debemos ser plenamente conscientes de nuestro entorno para evitar que voces aisladas o acciones desfasadas sean instrumentalizadas para invalidar décadas de exigencias legítimas.
Por ello, propongo a mis compañeros y compañeras que lideremos un giro estratégico en nuestra comunicación, cimentado en cuatro pilares:
Primero, debemos construir narrativas positivas.
Es imperativo proyectar en redes sociales un mensaje constructivo, que muestre lo que hacemos todos los días para transformar la educación y lo que necesitamos para lograrlo. Esto, por supuesto, debe nacer y reflejarse desde nuestras propias aulas.
Segundo, necesitamos tejer otras alianzas.
Es vital colaborar con creadores de contenido y perfiles digitales que simpaticen con nuestra causa comunitaria, refrescando esa comunicación institucional que tradicionalmente emiten la ADE o Fecode y que hoy no está permeando a las nuevas generaciones.
Tercero, debemos volcar nuestra energía a una pedagogía territorial.
Es hora de reducir el desgaste en las plazas céntricas y aumentar nuestra presencia en las localidades de toda Bogotá, en las comunidades, en los barrios y en las periferias. Hagamos tomas pedagógicas donde las familias vean de primera mano nuestro compromiso y nos vean unidos, trabajando con ellos, no alejados de su realidad.
Y cuarto, requerimos refrescar la comunicación.
Debemos cuidar escrupulosamente nuestras expresiones y tonos. La forma es tan importante como el fondo si queremos que nuestro mensaje transformador llegue con fuerza y claridad.
Nos encontramos en un momento histórico y en un proceso electoral definitivo. Es estrictamente necesario que gane la propuesta política que encarna nuestras luchas históricas, y es vital que este triunfo se dé en primera vuelta. Solo así el magisterio colombiano tendrá la seguridad y la fuerza política para exigir que nuestras demandas estructurales sean solucionadas de raíz.

Esta victoria no solo impacta la defensa y la calidad de la educación pública. Se trata de un pacto de confianza con las familias de nuestros sectores populares. Ellos también apuestan su vida y su esperanza al enviarnos a sus hijos. Entienden, al igual que nosotros, que la educación que reciben nuestros estudiantes es la herramienta más poderosa para cambiar sus realidades.
Proteger la imagen del magisterio y afinar nuestras luchas es, al final del día, una cuestión de extrema coherencia con las comunidades a las que nos debemos.


